Nos gobiernan los ladrones

Ayrton A. Trelles Castro

 

Estamos en peligro. El Perú baila al filo del abismo y el espíritu del pueblo no halla su interlocutor en la praxis política de los partidos en el gobierno. La traición, la ambición y la orgía de corrupción se agravan cada día; y las víctimas no abren los ojos porque su visión está secuestrada. El peligro se llama cleptocracia. O dicho de manera más clara: gobierno de los ladrones.

 

Ahora tenemos dos cambios presidenciales consecutivos. El primero llevó al expresidente Pedro Pablo Kuczynski al exilio político después que intentó indultar al exdictador Alberto Fujimori. Cuando su vicepresidente Martín Vizcarra asumió la cabeza del Poder Ejecutivo, encontró convertido en cloaca al parlamento peruano. La institución harto podrida llegó a la cúspide de la putrefacción al albergar en su seno una mayoría de congresistas con antecedentes penales.

Dentro del legislativo existía un ambiente incierto, las protestas producto de los escándalos que desató la investigación del caso Lava Jato, pedían renovación política, porque la heredada bebía directamente del actuar lumpen que dejó como legado Alberto Fujimori. Debido a esto, el pueblo manifestaba en las calles la necesidad de cambiarlo todo, principalmente porque el Poder Legislativo se hallaba infestado de corruptos. Logró el cometido con la presión debida, contando con un espíritu de cambio, que Vizcarra supo instrumentalizar, para mandar al diablo un parlamento que amenazaba cebarse su insegura juramentación presidencial. Supo actuar según las circunstancias del momento.

Los problemas del Ejecutivo comenzaron a partir de 2019. Olía a revancha la elección parlamentaria que secundó el cierre del congreso. Vizcarra acumuló malestares, si bien las elecciones parlamentarias se hicieron, no significó que la política había cambiado, esto se vio reflejado posteriormente, cuando las acciones del presidente se desviaron del sentido original que el pueblo peticionaba: cambiar la política y erradicar la corrupción.

Porque a la larga, el presidente vacado, en vez de buscar cambios radicales no mejoró casi nada. Dio la espalda a quienes les respaldaron, y en medio de la pandemia, su política coqueteó con las grandes empresas, relegando a quienes pusieron el pecho ante el ataque del congreso despachado. El señor Vizcarra no enarboló la bandera popular, sino que prefirió ser acariciado por los halagos traidores de los empresarios poderosos y de los medios de comunicación mercenarios.

La esperanza de la población cifrada en el nuevo parlamento, hizo bajar la guardia, los congresistas electos fomentaron el germen de la revancha, porque compartían con el anterior la misma rastrera forma de actuar. Cambiaron los rostros, no la mentalidad. El congreso actual es la fusión de los revanchistas (fujimoristas) con los grupos económicos dedicados a lucrar con la educación (una de las peores, con universidades paupérrimas).

Los principales partidos que vacaron a Vizcarra, no son otros que los representantes del neoliberalismo . Y lo que ha ocurrido es una lucha entre ambiciosos, que piensan en sus bolsillos. Ellos frente a la pandemia han mostrado ineficiencia y, ahora, sumado a su mediocridad para combatir los efectos de la Covid-19 y el desempleo, demuestran burlarse de toda decencia. La corrupción comienza en el mismo momento cuando los elegidos se desvinculan de los electores.

Probablemente al no haberse cerrado el congreso, la lucha popular habría alcanzado peticiones más profundas. Pasado ese tiempo, el confort relajó las fuerzas y permitió que los réditos de la batalla por cerrar el congreso cayeran en manos equivocadas; dejar la lucha a medio camino permitió un parlamento similar al que se fue. Demostrando que las elecciones no garantizan la democracia. Al contrario, reducir la vida política solo a elegir es producir monstruos.

Sospechamos que la democracia en el país está vaciada de contenido.  Democracia no es solamente tener elecciones, sino significa que el pueblo asegure los medios para reproducir una vida digna, significa participación popular y democratizar la economía. Eso no le ha interesado a Vizcarra, tampoco al parlamento actual.

La vacancia que acontece no es otra cosa que la punta del Iceberg, no es más que una porción de la realidad. Si queremos democracia tenemos que ser radicales, es decir, atacar los problemas desde la raíz. En esta lucha, sin embargo, debemos estar atentos, porque los esfuerzos por recuperar la dignidad pueden ser traicionados de nuevo. Los oportunistas suelen rondar las luchas populares, cual buitres, son quienes estuvieron ocultos cuando se les necesitaba, aquellos que manifiestan indignación no porque estén conmovidos sino por oportunismo.

El momento perfecto para democratizar la democracia, era hace un año atrás. Ya pasó el tiempo en que germinaba la articulación de la indignación. Ahora, que nos encontramos encerrados, desarticulados y, probablemente, desmoralizados; notamos que en el Perú no hay partidos, sino grupos dedicados al marketing electoral para engordar sus billeteras. Sin embargo, bendita sea la crisis, la que nos pone la piel de gallina. La que nos hace cerrar los puños de ira,  nos permite afilar la pluma y poner en ristre la conciencia. Hace un año teníamos la oportunidad de cambiar de rumbo, hoy tenemos una nueva revancha. Salgamos a la calle a   luchar por la democracia. Hasta que un puñado de tierra nos cierre la boca.

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