La agonía indígena

Ayrton A. Trelles Castro

 

Necesitamos vacunarnos contra la modernidad y el eurocentrismo. Resulta difícil hacerlo, pero es inevitable si no queremos perecer dentro de poco. El destino de la naturaleza está en peligro, y con ella la vida humana toda. Lo demuestra la lucha de todos los indígenas del mundo, pues lucha quiere decir agonía o viceversa, como explicaba Unamuno.

 

La modernidad se ha convertido en la medida de todas las cosas, es decir, lo más civilizado es moderno y debe imitarse, y si algo es pre-moderno significa ser sub-desarrollado y debe relegarse. Dentro del paradigma modernizador, si eres indígena la máxima aspiración que puedes concebir es abandonar tus costumbres y asumir las del colonizador o las del criollo (el mestizo que se iguala al colono).

Porque para una mentalidad colonial solo Europa ha producido filosofía como también la modernidad. Siglo tras siglo nos ha educado así la enseñanza  estándar. Sin embargo, ser moderno no significa estar más desarrollado, porque para que Europa sea Europa necesitó saquear y explotar el tercer mundo.

Idealizar lo ocurrido hace 500 años significa encubrir nuestro presente. Lo decimos porque contrariamente a como nos enseñaron, el tercer mundo es moderno y el subdesarrollo su estigma. Somos la cara oculta de la historia. Aclaramos lo siguiente: no quiere decir que nos sumergiremos en la dicotomía que ve a Europa-mala / indígenas-buenos. Mas bien, enrumbamos los pasos en hacer hincapié en el carácter excluidor del proceder de dominación y el carácter de resistencia de los excluidos y condenados.

En ese sentido iremos a contracorriente, ya que la corriente de pensamiento eurocéntrica y modernizadora ha puesto en el inframundo a los seres humanos que antes eran parte de las colonias europeas. Procediendo así, han causado cortocircuito en la mentalidad de nuestros pueblos, condicionando la forma de vivir o de existir en estos lares, con el objetivo de poder dominar mejor, porque sin historia no puede haber resistencia y reivindicación.

Por ejemplo, Malcolm X enseñaba que la palabra Negro utilizada para designar al pueblo afroamericano en Yanquilandia, deriva de la raíz griega necro y su significado quiere decir muerto; de ahí proviene la palabra Negro, utilizada para deshumanizar a los habitantes secuestrados en África y esclavizados en las colonias europeas.

Así se interpretaba la naturaleza del ser humano y en nuestro tiempo aquellos juicios vuelven a considerarse en su forma peyorativa original, tal como sucede con la palabra indígena, cuyo significado es “nacido allí” y, sin embargo, la utilizan para clasificar al moderno del pre-moderno, o como indicábamos, al supuesto desarrollado del no desarrollado.

Para entender el desprecio sufrido, debemos darnos cuenta que el Ser demonizado desde el inicio de la modernidad es el indígena. Y el afán de lucro convirtió en infierno a su propia tierra. Por ese motivo, la lucha de resistencia que sostiene lo arrastra a vejaciones y persecuciones. Ser indígena es sinónimo de sub-humano y su espiritualidad, credo y filosofía, son descalificadas, ofendidas y humilladas.

No es casualidad que Macrom haga mofa del credo musulmán y Europa cierre las puertas de sus países dejando morir a los refugiados que huyen de las masacres  en sus tierras. Trump calumniaba de ladrones y violadores a los inmigrantes-pobres. Tampoco es casualidad que la golpista Áñez desprecie al pueblo boliviano, ni que en el Perú los pueblos originarios sean vistos como obstáculo para el saqueo, ni que en Colombia los asesinen sistemáticamente, tanto el gobierno –en nombre del progreso y el Estado-Nación– como anteriormente la guerrilla –en nombre del progreso y del Estado-Nación–. Mantienen el asesinato como credo, para ellos el indígena bueno es el indígena muerto.

Pensamos que el antídoto, contra la modernidad y el eurocentrismo, consiste en com-prender nuestra situación en el mundo y para lograrlo necesitamos amor, amar es exponer la carne a la marca imperecedera de nuestra historia. Lo contrario a comprender es el aprender por obligación, para luego des-prenderse de la lección (a)prendida.

Sentir amor es una acción constante –amar es alegrarse, diría Aristóteles–, declarar amor es desagraviarse. Si sientes amor por lo que representa la gloria de un histórico legado, no tienes más remedio que declararte indígena, no queda más escapatoria que denominarte cholo, ser un cholo cognoscente lleno de sentimiento y dignidad, tanta como para expresar que el indígena no es blanco sino que está blanqueado, según Houria Bouteldja.

La filosofía enseñada por Walter Benjamín explica que en tiempos convulsos aparece el mesías, es decir el elegido, quien hará posible la reivindicación; tomando esa enseñanza, podemos inclinarnos al mesianismo, comenzando por reinterpretar la palabra con la que nombraron a nuestro ser transformándola en la que desagravie nuestra existencia.

Para Unamuno no basta con existir, porque es vivir para afuera. Es necesario  insistir, que es vivir para adentro. Siendo así, también explica que tener vivencia interna lleva a estar entusiasmado, pues quiere decir estar endiosado, en-teo igual en-tusiasmo. Cuando buscamos el desagravio comenzamos por entusiasmarnos, el indígena para poder liberarse necesita insistir en su entusiasmo, le es necesario estar endiosado. Por eso notamos que ser indígena es otra forma de ser entusiasta, es otra manera de endiosarse o mejor “indiosarse”. Cesar Vallejo declama en sus versos “el hombre sí te sufre: ¡el Dios es él!”, nosotros decimos, “si el indígena te sufre: ¡el entusiasmado es él!”.

Al fin y al cabo, mientras más se empeñen en humillarnos con los agravios eurocéntricos, tomaremos más en serio un cuento rescatado por José María Arguedas llamado “El sueño del pongo”. El relato cuenta la historia de un indígena (el pongo) maltratado por el gamonal, ante ello el ser humano humillado le narra al “patrón” (al no-indígena) un sueño en el cual era embarrado de mierda, mientras que el gamonal era untado de miel, al final el ángel de la justicia hizo que se lamieran los unos a los otros. Quizá nunca nada pudo insinuarse mejor. Todo el odio vertido terminará siendo tragado por el humillador.

Nosotros necesitamos filosofar o morir en el intento. La filosofía que nos nutre sería entendida como amor a la sabiduría indígena de la vida-digna. No intentamos hacer de la angustia motivo de pena, intentamos que la pena no nos angustie; menos si en la resistencia solo hallamos insultos en vez de aplausos y balas en vez de medallas. Resistir filosóficamente tiene que ser existir insistiendo en la sabiduría matriz de la tradición de la que venimos y es necesario quitarle las sombras.

Nuestro mundo no puede estar completo en tanto las tres cuartas partes suyas sean ajenas a la humanidad porque son despreciadas, explotadas y condenadas. En estas circunstancias tan adversas, hallamos el impulso primero en reconocer la necesidad de (re)pensar como nos pensaron. Lo que antes era válido hoy se cuestiona, porque como diría Bolivar Echevarría, el pensador tiene que emular a Sísifo, volver al inicio, comenzar una y otra vez.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.