El centenario de Edgar Morín: una vida para la vida

Alonso Castillo Flores

El todo se mantiene a costa de la renovación de las partes, un ser vivo vive de la muerte de sus células y así se renueva, la sociedad vive de la muerte de los individuos y se renueva. Cosmos – vida – sociedad son uno; la vida y la muerte son una paradoja. Esta audaz idea pertenece a Edgar Morin (2003: 44, 94), hombre cabal que el día de hoy cumple cien años, el tipo de ser humano que no necesita morir para vivir, y cuyas ideas vivas buscan renovar la sociedad.

Testimonio de ello son sus famosos siete saberes para la educación del futuro, dignos de todo maestro preocupado por el porvenir del mundo.  1) Conocer el conocimiento, enfrentar el error y la ilusión de conocer; 2) perseguir el conocimiento pertinente, que sepa relacionar la complejidad de las partes y los todos; 3) enseñar la condición humana en su complejidad a partir de las distintas ciencias; 4) enseñar la identidad terrenal en esta era planetaria, donde todos estamos vinculados; 5) enfrentar las incertidumbres de la vida y la sociedad con certezas, como lo hacen las ciencias físicas; 6) enseñar la comprensión mutua entre los seres humanos y las naciones; 7) enseñar la ética del género humano, concibiendo al hombre en la terna individuo – sociedad – especie , como ciudadanos de la Tierra-Patria. (Morin, 1999: 1–4).

La visión totalizadora de Morin se debe a su orientación intelectual, el “pensamiento complejo”. “Complejidad” no es una palabra solución sino problema, no es solo la cantidad de relaciones en un todo sino es la incertidumbre, la confusión, el desorden, la contradicción, en las ideas, el ser humano y el mundo. Para obrar este concepto, Morin ha estudiado la física moderna, las teorías de sistemas, la cibernética, la biología actual y las humanidades; y con él ha integrado la literatura, la cinematografía, la sociología y las llamadas ciencias duras en un todo.

Nuestro homenajeado mira al ser humano de forma planetaria porque todo lo mira como un Todo, porque su mirada apunta hacia el universo entero. En su interpretación de la cosmología, existe una tetralogía que va en sentido de bucle (o ciclo): desórdenes → interacciones → orden → organización → desórdenes (1981: 60–78), esto se da en la naturaleza y en la sociedad.  Morin es de los filósofos que fueron capaces de elaborar un sistema totalizador, como Platón, Aristóteles, Tomás, Hegel, Hartmann, Spencer o Bunge.

En los seis tomos de su método dedica centenares de páginas a 1) la naturaleza, 2) la vida, 3) el conocimiento, 4) las ideas, 5) la humanidad y 6) la ética. Enrique Dussel, por ello, afirma que el pensamiento de Morin parte de una Totalidad, donde todos los elementos de determinan mutuamente. Sin embargo, Morin es consciente que toda filosofía sigue el principio matemático de Gödel: no puede ser completa sin ser contradictoria, no puede estar aislada de otras epistemes. No existe el sistema filosófico de todos los tiempos.

Morin es un hombre forjado en la lucha, él mismo entiende la biología como una lucha contra la entropía. Tener la capacidad de escribir a los cien años y conservar su lucidez juvenil es un verdadero regalo de la vida.

Morin reconoce seguir la actitud de Marx que de querer fundir flexiblemente las ciencias sociales y la ciencia natural en una sola. Se trata de un dialéctico eminente que ha hallado la contradicción de Hegel y Heráclito en todo. Pienso que él pertenece a esa corriente de pensadores francoparlantes que asumieron la dialéctica en la complejidad, sistemismo e interdisciplinariedad de las ciencias nuevas, abandonando el ya osificado “materialismo” físico u ontológico: A. Lautman, J. Piaget, F. Gonseth, G. Bachelard, L. Apostel, S. Lupasco, B. Nicolescu, D. Temple, etc.

Sin embargo, nuestro pensador francés no es un chauvinista, ni un eurocentrista de ningún tipo, ha entendido los límites de la modernidad europea sin caer en el posmodernismo. Es un ciudadano del mundo, un latino capaz de hablar fritañol –mezcla de francés, italiano y español– y hacerse entender en el Perú. Estudió la muerte no solo en las concepciones europeas, sino en las culturas antiguas, en particular la hindú, en el Brahmán y el Nirvana (1974: 235-257). Morin ha analizado la barbarie no solo en los “subdesarrollados”, sino en la Europa misma, en su Breve historia de la barbarie en Occidente, desde la idea de “nación” unicultural, el colonialismo, los campos de concentración nazi, el gulag soviético, y la bomba atómica. Pero con la consciencia de esa barbarie, Europa produjo prácticas emancipadoras y los antídotos para superarla (2006: 75-110).

Ahora bien, el pensamiento de Morin no es un método de investigación, ni un compendio de las ciencias, es más bien una filosofía para la vida. Afirma que deben ser reformadas las políticas de la humanidad, el conocimiento, la sociedad y la vida misma del ser humano. Sabe que la vejez ha cambiado en la sociedad, donde antes el anciano era respetado como sabio y experimentado, y ahora es un “ignorante” de lo nuevo, solo y aislado (2011: 277). El caso de nuestro autor felizmente es distinto, un centenario erudito y sabio (que es más importante), y cuando uno explora sus textos, da la impresión de leer a un portador de lo nuevo más que de lo viejo. Por sus aportes filosóficos ha recibido decenas de condecoraciones, honores y premios.

La pandemia del Covid–19 ha llegado antes del centésimo santo de Morin y, por fortuna, está tan vivo y vivaz que ha logrado escribir sobre ella. Nos ha mostrado 15 lecciones que el confinamiento y el virus nos han traído sobre la condición humana, el conocimiento, nuestra relación con los demás, con la tierra y con la muerte (2020: 23–45), siempre preocupado por las complejidades e incertidumbres que afrontamos y nuestra fragilidad en el mundo: “toda la vida es una aventura incierta”. El mensaje es claro, cambiar nuestro modo de vida: Cambiemos de vía.

La trayectoria de este complejista es larga y compleja. De padres judíos, Morin fue comandante de fuerzas antifascistas en la Segunda Guerra Mundial, tuvo que abandonar su nombre original, Edgar Nahum; ingresó al Partido Comunista Francés en 1941, fue expulsado de él una década después debido a sus ideas liberales y originales. Morin es un hombre forjado en la lucha, él mismo entiende la biología como una lucha contra la entropía. Tener la capacidad de escribir a los cien años y conservar su lucidez juvenil es un verdadero regalo de la vida. Basta ver su rostro en sus entrevistas para notar la candidez y sinceridad del maestro, ajeno a la arrogancia habitual de los hombres de su talla. Sus ideas y su vida son una sola, su vida es una vida para la vida.

Joyeaux 100e anniversaire, maître!

Bibliografía

Morin, Edgar (1974). El hombre y la muerte. Barcelona: Kairós

Morin, Edgar (1981). El método. La naturaleza de la naturaleza. Madrid: Cátedra

Marin, Edgar (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. París: UNESCO

Morin, Edgar (2003). Introducción al pensamiento complejo. Barcelona: Gedisa

Morin, Edgar (2006). Breve historia de la barbarie en Occidente. Buenos Aires: Paidós

Morin, Edgar (2011). La vía. Para el futuro de la humanidad. Barcelona: Paidós

Morin, Edgar (2020). Cambiemos de vía. Lecciones de la pandemia. Barcelona: Paidós

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