Teoría y táctica de la reacción

Ayrton A. Trelles Castro

Los defensores del sistema capitalista han visto la oportunidad de volver a arremeter contra lo que consideran pone en cuestión el orden establecido. Tienen a su favor los aparatos comunicacionales, que han devenido en instrumentos para articular su juicio sobre el asunto del gobierno y convertirlo en opinión general.

En la contradicción actual lo simbólico aflora por doquier. Más allá de los cuestionamientos serios a los personajes del oficialismo, se encuentra la visión sobre el mundo que tiene cada sector antagónico y que colisiona y ha ido generando una lucha por lo que consideran debería ser el país. Indudablemente la forma de abordar esta cuestión tiene que abarcar los campos necesarios para evitar reducir el problema a un aspecto de la totalidad.

Los discursos por la democratización del poder y de la economía, acaban en el momento en que las masas se empoderan, buscan la forma de hacer llegar sus aspiraciones sociales a quienes sean capaces de ponerlas en la agenda política del país; ahí los demócratas peruanos lucen con toda franqueza su colonialismo mental

De parte de la reacción, que oculta sus intenciones en temas morales, los cuales son utilizados para reducir la fuerza del gobierno, notamos que, al fin y al cabo, no les queda más remedio que mostrarlas, cuando sostienen que la inestabilidad política pone en peligro a la economía del país, cuya salvaguarda está amparada si y sólo si se evita el intervencionismo estatal en los asuntos del mercado, según este criterio.

La teoría de los defensores del establishment tiene como criterio de orientación la naturalización de las relaciones de producción actuales, las mismas que se basan en el libre mercado, que consideran una institución surgida naturalmente, en cambio, consideran el “intervencionismo”, algo creado contra la institución mencionada. Sin embargo, es una cuestión tergiversada. Para que la Constitución sea sancionada, la democracia tuvo que ser completamente aniquilada, consiguiendo así instituir el orden que defienden, el mismo que emana de un gobierno de facto.

Imagen extraída de Prensa Regional.

En tanto que la oposición al régimen y los cuestionamientos a la institución, han surgido de una forma natural, ese intervencionismo que buscan erradicar, no es obra de un grupo de conspiradores, ni de gente manipulada, menos, de personas que no viven en este país, es en cambio, una respuesta a los problemas que genera el sistema actual. Y, como vemos, nos ha llevado a contar con un gobierno distinto, que, a diferencia del programa nacionalista del gobierno del 2011, no pretende tomar como programa la defensa de la Constitución del 79, sino la elaboración de una nueva mediante la Asamblea Constituyente.

Por esa razón, cuando a través de sus juicios morales, la reacción, dice defender la democracia y el orden económico, expresa un programa político que tiene un sustento cuestionable, es decir, ¿qué democracia defenderán si durante las elecciones no querían reconocer el triunfo del gobierno actual?, ¿y qué orden económico «justo» defenderán, si durante el periodo de crisis, debido a la pandemia, éste se encargó de demostrar a los pobres y desempleados el rostro más inhumano del capitalismo?

El problema aquí no es lo que se diga, sino quién lo diga, porque las consignas democráticas y de bienestar social, acaban en el momento en que éstas se enfrentan a la realidad. Es como cuando sucedía la revolución haitiana, los colonos blancos que buscaban beneficios económicos y pasaban a simpatizar con las ideas de los revolucionarios, se llenaban la boca con consignas sobre la libertad e igualdad; pero cuando esas mismas consignas eran entendidas y apreciadas por los seres humanos que esclavizaron, ahí caían a saco roto sus buenas intenciones y sus afanes revolucionarios. Algo similar nos sucede. Los discursos por la democratización del poder y de la economía, acaban en el momento en que las masas se empoderan, buscan la forma de hacer llegar sus aspiraciones sociales a quienes sean capaces de ponerlas en la agenda política del país; ahí los demócratas peruanos lucen con toda franqueza su colonialismo mental, no aceptan al pueblo en el gobierno e intentan sabotearlo.

Dice la consigna que a todo acto de transformación le sigue una respuesta contraria muchas veces más furiosa que la que precedió aquel intento de cambio. Si el gobierno actual fuera tan pegado a la letra de la Constitución, como dicen ser sus supuestos defensores, ya daría la respuesta necesaria a los afanes desestabilizadores de la vida política peruana, viendo que, la presión que empezó desde el momento cuando buscaron desconocer su legitimidad, son actos de sedición. Aquellos sediciosos, ¿no son conscientes que atentan contra el orden constitucional? Como opinábamos, aquí parece que la democracia existe en el momento en que ésta sólo beneficia a los privilegiados. Al fin y al cabo, no defienden un orden económico, sino el orden económico que defiende sus intereses.

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