Polidori: 200 años de una tragedia

Alonso Castillo Flores

Han pasado exactamente 200 años desde que un joven inglés, médico escritor, bebió ácido prúsico y se quitó la vida. Su corta estadía por este mundo no le impidió insertarse en la cultura popular, creando a punta de plumazos un afamado espíritu maligno. La literatura es una gran cosa y se vuelve alma viva que pulula la Tierra cuando trasciende al autor.   

Su nombre fue John W. Polidori, doctor personal de Lord Byron, gracias a quien estuvo vinculado al círculo de Percy y Mary Shelley. Byron propuso a sus amigos escribir un cuento de terror, en una casa alquilada en Suiza, momento seminal que dio a luz el Frankenstein de Mary y El Vampiro de John. Mientras el primero se vuelve una obra maestra, el cuento de Polidori no logra consolidarse como pieza literaria, es un cuento que muy pocos podrían resaltar hoy.

Muchos dicen que el personaje de Polidori representaba en realidad a Byron, mujeriego e inmoral, de quien el médico se distanció. Puede que esto sea cierto, pero también es cierto que el joven suicida simboliza en su murciélago humano a la aristocracia, bella en sus poses, vil en su elitismo.

Pero John hace algo mejor: crea un prototipo inmortal y crea, así, un-antes-y-un-después. Antes de esa noche, los vampiros eran, en los cuentos, criaturas venidas del este europeo, simplemente horrorosas y casi inertes. Ahora, se trataba de un ente malévolo pero refinado, cruel y romántico a la vez. John da un salto de lo folklórico a lo noble, y logra encajar una bestia de antaño en un nuevo personaje, el binomio bello-malo. Ingresa, así, en el arte gótico escrito, esa corriente que puso patas arriba la clásica unidad de lo estético y lo ético. La sublime filosofía de Platón da paso a la seducción del mal. El carácter “romántico” de nuestro homenajeado era innato, natural de la Inglaterra victoriana e hijo de inmigrantes italianos.

Hoy en día muchos dirían que los verdaderos vampiros son los bancos, los consorcios monopolistas, las mineras transnacionales, siempre sedientos de oro, de cobre, de dólares, de libras. Sería el estereotipo del gran burgués: bello en su ciencia, vil en su conciencia.

Muchos dicen que el personaje de Polidori representaba en realidad a Byron, mujeriego e inmoral, de quien el médico se distanció. Puede que esto sea cierto, pero también es cierto que el joven suicida simboliza en su murciélago humano a la aristocracia, bella en sus poses, vil en su elitismo. Y nada más cerca de la actitud de Percy Shelley, hombre desclasado, volcado contra la alta alcurnia que lo engendró. Parece que estos tipos aborrecían la parafernalia y las finas guachafadas de su época; eran rebeldes con causa.

Portada de una colección de cuentos de terror, de la editorial Planeta.

Hoy en día muchos dirían que los verdaderos vampiros son los bancos, los consorcios monopolistas, las mineras transnacionales, siempre sedientos de oro, de cobre, de dólares, de libras. Sería el estereotipo del gran burgués: bello en su ciencia, vil en su conciencia. El propio murciélago sensual ha sido absorbido por la taquilla hollywoodense, a veces en versiones francamente mediocres; pero ya es parte de la cultura popular globalizada, una cultura moderna que necesita de monstruos descartables, para cada vez “asustar” más y vender más.

De manera que el engendro de John se ha degradado en un ser cómico e infantil. ¡Tanto peor para Polidori! El hombre que recordamos el día de hoy no se autoeliminó por locura, ni menos por amores, pasiones o desengaños, el suicidio de John lo causó un fantasma mucho más tangible, un vampiro mucho más real: Polidori cayó en depresión, abrumado por compromisos financieros, sus malditas deudas. Deudas que ningún vendedor de baja cultura se honraría hoy en pagar.     

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