Maldigo la filosofía concebida como un lujo

Jaime Araujo Frias

jaraujofrias@gmail.com

“La filosofía no piensa la filosofía, piensa la realidad”.

Enrique Dussel

Hace más de dos mil años condenaron a muerte a un hombre por hacer demasiadas preguntas, el tábano lo apodaban. Medio siglo después cuando parecía que se tenía las respuestas a todo, a una mujer se le ocurrió cuestionar aquellas certezas, razón por la que fue asesinada a pedradas y luego descuartizada, Hipatia la llamaban. Nuestra América no fue ajena al riesgo de filosofar. En 1989, Ignacio Ellacuría, fue fusilado por un pelotón de las fuerzas armadas de El Salvador. Su delito fue haber pensado los problemas de su realidad y denunciarlo. Dieciséis años antes, en la Argentina, otro filósofo había sido víctima de un atentado de bomba por cuestionar el orden político de su tiempo. Afortunadamente sobrevivió para contarlo, su nombre es Enrique Dussel.

Filosofar por cuenta propia y señalar problemas allí donde la mayoría ve normalidades, advertir alternativas allí donde muchos proponen resignación, cuestionar y agrietar las certezas del orden cultural, científico, político, económico y social trae aparejado sus peligros. Es una labor que requiere esfuerzo y disposición a no dar nada por supuesto. Un navegar en contracorriente. La duda no es mera vacilación, sino interpelación, llamada de atención e instigación a cuestionar todo aquello que no contribuya a afirmar la vida humana toda. Esta es precisamente una de las tareas —tal vez la más urgente hoy— de la filosofía, o, mejor dicho, del filosofar: agrietar los límites que se le impone a la vida. Porque pensando el ser humano habita la tierra, la hace habitable, suya.

La filosofía no es una doctrina, sino un ejercicio de pensamiento. Y todo pensamiento, tal como lo entendemos, es mediación para el desarrollo de la vida. Por eso, es acción no pasividad, acusación no adoración, desacuerdo no conformidad. La misma que nace de la realidad y vuelve hacia ella para comprenderla y transformarla. ¿Cómo? Por un lado, depurando el conjunto de nuestras creencias, costumbres, prejuicios que nos impiden ver los problemas reales que ocurren en nuestras narices; y, por otro lado, incitándonos a indignarnos y rebelarnos contra toda forma de relación social que se funde en la denigración del ser humano.

Si la filosofía ha subsistido ha sido a través de un ataque constante a la bajeza de pensamiento, al conformismo, al mimetismo intelectual respecto de los problemas de la realidad. Tuvo su origen en las dudas y críticas a las ideas y prácticas existentes en su tiempo de aparición, y permanecerá viva y saludable sólo si no renuncia a dicha tarea. Por eso, sin la labor crítica, la filosofía muere y con ella la imagen del filósofo, del hombre y mujer impertinentes, que interpelan al saber y a la realidad problemática con el propósito provocarla, de abrir grietas allí donde muchos se resignan a la normalidad. La cual en el Perú se podría expresar en el rostro de un niño que revuelve la basura con la esperanza de encontrar restos de comida para alimentarse.

Concebida así la filosofía, el oficio del filósofo consiste en ser un permanente agitador del pensamiento, un subversivo de las ideas y prácticas únicas, con la intención de generar las condiciones para fisurar e iluminar los ámbitos estrechos y oscuros del saber y el hacer. Ensanchar las fronteras del conocimiento para ponerlo al servicio de la vida humana y de los escenarios que la posibiliten sin restricciones. Cuestionando e inconformando respecto de los supuestos órdenes establecidos como únicos. Lo cual, le convierte en un tipo incómodo y peligroso. Porque no acepta nada por el mero hecho de que haya sido transmitido por la tradición, establecido por la autoridad, o se haya hecho familiar a través de la costumbre o la pereza de pensamiento.

Por esta razón, filosofar es un oficio desagradable para los perezosos de pensamiento, los consumidores de modas, los mezquinos de imaginación. Pero, sobre todo, para los opresores y verdugos del pueblo. Porque les perturba y contraria. Les provoca terror. Por eso, el filosofar en el Perú, donde la gente muere de hambre, no puede ejercerse honestamente sin abrazar una causa y sin cargar con sus riesgos y agravios: no se puede amar la libertad sin odiar al opresor, querer la justicia sin abominar al tirano, luchar por la vida sin aborrecer al asesino, aspirar a la inteligencia sin detestar la estupidez.

Concebida así la filosofía, el oficio del filósofo consiste en ser un permanente agitador del pensamiento, un subversivo de las ideas y practicas únicas, con la intención de generar las condiciones para fisurar e iluminar los ámbitos estrechos y oscuros del saber y el hacer.

 “La filosofía sirve para detestar la estupidez, hacer de ella una cosa vergonzosa”, escribió Deleuze (2002, p. 149). Si el filósofo francés tiene razón, nuestras autoridades necesitan un curso urgente de filosofía, porque han perdido toda vergüenza por las estupideces que dicen y hacen. Puede que así tomen conciencia —como decía Gonzáles Prada (2004) — del horror de su envilecimiento y de su miseria. En suma, “filosofar siempre ha sido un acto subversivo”, afirma Garcés (23/01/2018). Sino, se pregunta Colli (2004), ¿por qué en la antigua Grecia se les llamaba terribles a los filósofos? Porque cuestionaban el supuesto orden de la ciudad y del mundo, aquello que se daba por natural y normal.

Finalmente, si en la antigua Grecia a los filósofos se les llamaba terribles, no es de extrañar que, en el Perú, a veces, se les llame “terroristas” a los que ejercen el pensamiento y la palabra para cuestionar el orden vigente. Porque si hay algo que caracteriza al filósofo es su insubordinación al orden vigente. Pero, como nos advierte Colli (2004, p. 269), salvo algunas excepciones, hoy “los filósofos son corderos”. Por eso, me despido parafraseando un verso del poeta español Gabriel Celaya, sustituyendo la palabra “poesía” por “filosofía”:

“Maldigo la Filosofía concebida como un lujo cultural por los neutrales, que lavándose las manos se desentienden y evaden. Maldigo la Filosofía de quien no toma partido, partido hasta mancharse”.

Referencias bibliográficas

Colli, G. (2004). Filosofía de la expresión. 2da. Ed. Madrid: Siruela.

Deleuze, G. (2002). Nietzsche y la filosofía. (7ma. Ed.), Barcelona: Anagrama

Garcés, M. (23/01/2018). “Filosofar siempre ha sido un acto subversivo”. BBC. [Entrevistada por Irene Hernández Velasco]. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-42735951 . Consultado el 20 de octubre de 2021.

Gonzales Prada, M. (2004). Pensamiento y librepensamiento. Caracas: Colección Claves de América

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