¿Otra vez entre Escila y Caribdis?

Ayrton Armando Trelles Castro

El desierto de lo real

Bertolt Brecht decía que “el arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”. El sentido de la frase hace referencia a la pintura, poesía, música, etcétera. Aunque el uso de la palabra antiguamente era, como dice Aristóteles, la forma en que se debía proceder para hacer algo (arte = técnica). La política es un arte de gobernar, dicen algunos, por lo que como todo arte, según Brecht, debe ser el martillo que de forma a la realidad.

La política que vivimos formó a la realidad de una determinada manera, o si se quiere a imagen y semejanza de quienes utilizaron el instrumento de la política y volverla un arte del saqueo, la traición y el oportunismo. Estas características, por inofensivas que parezcan, son en realidad el germen que terminó por convencer a algunos que hacer política es embarrarse de corrupción y que el poder “corrompe”. Lo cual sería como decir que el pueblo peruano está corrompido, porque el poder, según la Constitución, emana del pueblo.

Toda esta situación nos hace recordar una antigua historia bíblica del libro de los Jueces. El relato nos cuenta la historia de los árboles que quisieron elegir un gobernador entre ellos, así que se acercaron al olivo y pidieron que reinase sobre ellos, pero éste se rehusó alegando que no podría dejar de producir sus aceitunas y aceites sólo por ser grande entre el resto; luego buscaron a la higuera, y también rechazó la oferta porque le parecía inconcebible dejar de producir sus frutos sólo por ser grande entre el resto. Lo mismo ocurrió con la vid, quien tampoco quiso dejar de lado sus sendos frutos por ocuparse de ser grande entre los otros árboles. Finalmente, los árboles acordaron colocar a la zarza como gobernante suyo, quien aceptó haciendo una advertencia: “Si en verdad me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano”.

En una de sus clases, José Luis Sicre, al referirse a esa historia, hacía caer en la cuenta que en política ocurre algo similar. Sucede que en nuestro tiempo quienes están más comprometidos con forjarse un futuro por ellos mismo, o que el día a día lo utilizan para ganarse el pan con gran esfuerzo, se encuentran muy ocupados para hacer política, son como los árboles productivos que rehusaron ser gobernantes por la razón de estar completamente comprometidos con una labor fructífera. Sin embargo, como se ve con ciertos representantes políticos de nuestro medio, ven el arte de la política como el arte del saqueo, la hipocresía y el oportunismo. Se parecen a la zarza, quien, a diferencia de los otros árboles, al no tener nada productivo que hacer, puede gobernar aun sabiendo que, si fuese por mérito, no podría estar donde se la había colocado.  

El problema de nuestro país no es la crisis, sino que la crisis no genera la imaginación suficiente para la tarea colectiva de recuperar las instituciones y ponerlas al servicio de su pueblo.

Sería un consuelo creer que nuestra situación social, política y económica, se debe a causa de que las personas idóneas están muy ocupadas en sus labores como para dejar de lado los asuntos políticos. Esto tendría que ser una sencilla explicación, pero sospechamos que más allá de esa condición está una razón poco alentadora, esa sospecha es que nos hemos acostumbrados a que las cosas sean así. Porque, viendo la situación como se presenta, ¿qué país puede dejarse arrastrar por la apatía frente a situaciones que demandan organización, decisión y coraje? Al contrario de lo que decía Brecht: no nos desesperamos al ver que hay tanta injusticia, casi nadie se alza contra ella.

La imaginación es una obra colectiva

La creencia es el abono que fertilizará la tierra donde se siembren las semillas que puedan hacer germinar un mundo mejor. “La historia la hacen los hombres poseídos e iluminados por una creencia superior, por una esperanza super-humana; los demás hombres son el coro anónimo del drama” (Mariátegui, 1972, p. 24). Por lo tanto, no podrá haber cambios sin que se crea posible poder hacerlos. El problema de nuestro país no es la crisis, sino que la crisis no genera la imaginación suficiente para la tarea colectiva de recuperar las instituciones y ponerlas al servicio de su pueblo.

Y en verdad parece que ningún partido u organización política tiene como horizonte la colectividad, porque, en primer lugar, se enfrascan en tener la razón y luego demostrarla, en vez de demostrar con acciones que pueden tener la razón. En segundo lugar, porque ninguna labor que se precie de transformadora dejará de considerar pensar su tiempo radicalmente. Eso son algunos motivos por los que no despega la creación, porque las grandes crisis necesitan grandes ideas, y las grandes ideas necesitan imaginación, y para poder lograrse, la imaginación necesita de muchos aportes, es decir, nace colectivamente. Sin embargo, se cree que la vanguardia del movimiento transformador es la redentora o iluminada, olvidan que mil cabezas piensan mejor que una, cuando tienen un ideal humanitario.

La lección que no se aprende es que deben aprenderse las lecciones. En el transcurso del tiempo, desde hace más de 20 años, la tensión entre quienes buscan la justicia social y quienes la limitan, ha sido constante, sin embargo, los primeros pensaron que sería suficiente ser contestatarios, llegar al gobierno y transformar al país entero, pero se olvidaron que ni el gobierno puede transformar al país entero, pero sí el país entero puede transformar al gobierno. El arte de la política no consiste sólo en saber gobernar, sino en saber que el pueblo va a transformar la realidad cuando sabe que él gobierna.

Es notorio el temor al pueblo y se intenta carcomer su significado: “el pueblo es un concepto vacío”, sentencian los doctores de la ley. Sin embargo, el pueblo no puede ser un concepto vacío, como todo concepto, es la generalización abstracta de los rasgos más comunes de una determinada cosa. Para quienes lo sienten vacío, es posible que no tengan la capacidad de considerar las condiciones generales que hacen que el pueblo sea tal.  Por eso consideramos al mismo como el conjunto de seres humanos que delegan el poder y hacen ejercicio del mismo cuando sienten que sus representantes no los representan. Aparece en el momento donde es consiente del poder que delega y hace uso del mismo, por las vías que las condiciones objetivas y subjetivas le proporcionan.

El poder que se delega no puede ser atribuido a una sola persona, sino al conjunto, cuando las personas pueden ser conscientes de aquello, entonces saben que el poder les pertenece, que son la fuente de donde nace el poder. De ahí que sea mentira si alguien piensa que va cambiar la realidad sólo porque es del pueblo, eso es falso, se cambia la realidad si el pueblo quiere cambiarla, porque la transformación es una obra colectiva, igual que la imaginación que ayuda a pensar la manera de poder hacer viable y posible la transformación; ambas cosas son colectivas porque son posibles a partir de lo que haga, piense y sienta la masa llamada pueblo, ya que es la fuente originaria del poder. El gobierno es su instrumento, no ellos instrumento del gobierno.

A manera de conclusión

Hace mucho el filósofo Salazar Bondy daba una metáfora casi apocalíptica, era sobre la referencia del camino hacia el que se enrumbaba el Perú, tenía que elegir entre Escila y Caribdis, dos monstruos famosos de la mitología griega. Hoy los monstruos son la corrupción y la impunidad social (Araujo-Frias, 2021). No existe en nuestras condiciones, alguien que sea inocente y pueda echar la culpa de lo que ocurre a un solo factor, porque ambos se relacionan. Es como cuando vas por un camino y te tropiezas con una piedra, sería ridículo que vuelvas por el mismo y no la esquives, salvo que sea un extraño gusto hacerse daño a uno mismo.  Por esa razón, aquel que piense salvarse solo se perderá. Pobre del iluso que considere posible librarse del mundo y sus problemas. Tarde o temprano verá que no está solo.

Referencias bibliográficas

Araujo-Frias, J. (2021). Corrupción: de la impunidad judicial a la impunidad social. Barro Pensativo. Centro de estudios e Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales. https://barropensativocei.com/2021/04/21/corrupcion-de-la-impunidad-judicial-a-la-impunidad-social/

Mariátegui, J. C. (1972). El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy. Amauta.

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