Estados Unidos: gendarme mundial

Alonso Castillo Flores

Rusia quiere restaurar su protagonismo imperial, pero Estados Unidos intenta detenerlo usando a Ucrania y sus líderes neonazis. Entre magos sí se leen las cartas. Rusia, Irán, China y Venezuela —las “dictaduras” demonizadas por EE.UU.— se encuentran entre los siete mayores productores de petróleo del mundo ¡Vaya casualidad! Los otros tres son los EE.UU. mismos, y sus aliados, Turkmenistán y la monarquía saudí.

De nada importa que Human Rights Watch describa al turcomano como “uno de los regímenes más represivos del mundo” (Chomsky, 2006, p. 142) ¿Al Tío Sam le preocupa que las exrepúblicas soviéticas hayan heredado el sistema de un solo partido? En absoluto, el tirano Islom Karimov, 30 años presidente de Uzbekistán, fue “el hombre fuerte de Bush en Asia Central” (p. 140). Recordemos a Franklin Roosevelt y su mimado dictador nicaragüense: “Somoza es un hijo de putą, pero es nuestro hijo de putą”.

De hecho, en USA no se vive una democracia sino una oligarquía con un Estado bipartidista, el resto queda fuera. Los “padres fundadores” lo tenían muy claro. John Adams, segundo presidente de EE.UU., dijo; “La democracia lleva a la anarquía”, “La democracia no dura”. Para James Madison, cuarto presidente gringo, “La democracia es incompatible con la seguridad personal y la propiedad privada”. Ellos sabían que establecieron un gobierno de representación.

Esa oligarquía representativa se estableció en una nación esclavista, de hecho, varios de los padres fundadores tuvieron esclavos. EE.UU. fue uno de los últimos países en abolir la esclavitud en América, en 1865, 72 años después de Haití. Por cierto, los Estados Unidos bloquearon a Haití por su enorme atrevimiento, el país paga hasta hoy las consecuencias. Además, USA apoyó las dictaduras del país caribeño y derrocó en 1991 al primer presidente elegido en comisios generales.

Por supuesto, EE.UU. cree estar destinado a ser el matón del mundo. “El hemisferio todo nos pertenecerá, como de hecho, ya nos pertenece moralmente, por la virtud de la superioridad de la raza”. ¿Lo dijo Adolf Hitler? No, fue William Taft, presidente de los EE.UU. en 1912. Cualquier parecido con el nazismo no es pura coincidencia. En fin, Henry Ford, el dirigente industrial estadounidense más afamado, era muy admirado por Hitler, y fue condecorado por el régimen nazi en 1938.

USA y sus aliados apoyaron a Hitler y Mussolini para contener al bolchevismo, hasta que se les voltearon —igual que los radicales del Talibán y del Estado Islámico. El presidente F. Roosevelt fue un declarado fan de Mussolini, “ese admirable caballero”. «Estoy muy impresionado por lo que él ha logrado y por su honesto propósito de restaurar Italia”. Según Ronald Reagan, presidente yanqui, «El fascismo fue realmente la base de la New Deal. Fue el éxito de Mussolini en Italia, con su economía dirigida por el gobierno, lo que llevó a los newdealers a decir: Pero Mussolini mantiene los trenes a la hora». La economía corporativista fue imitada por Roosevelt y muchos lo etiquetaron de “fascista”.

“¿Por qué tenemos a toda esa gente de esos países de mierda llegando aquí?” Dijo Donald Trump sobre El Salvador, Haití y las naciones africanas. Pero esa estupidez y ese racismo son elementos constituyentes en la cultura gringa dominante. Hasta 1929 el Ku Klux Klan, organización terrorista y supremacista blanca, llegó a tener 5 millones de miembros en EE.UU. 

La política de dejar a un pueblo morirse de hambre no es nueva para los EE.UU. En 1991 Sadam Hussein anexionó el territorio de Kuwait y —como el derecho a anexionar está reservado solo al imperio— USA movió a 33 países de la ONU para bombardear y destruir Irak, el país se hundió en la hambruna, malnutrición y enfermedades a causa del bloqueo y sanciones impuestas.

En sus memorias, Henry Kissinger, secretario de Estado en los años 70’s y acusado como criminal de guerra, recordaba las palabras de Roosevelt padre —también presidente— en 1914: “Si yo debo escoger entre una política de sangre y fuego y otra de agua y leche… ¡Vaya! Preferiré la política de sangre y fuego” (Barreda, 2011, p. 157). Es la llamada política del “Gran Garrote”, “hablar con dulzura esgrimiendo una gruesa estaca”. Theodore Roosevelt la entendía de esta forma: “Los errores o la impotencia [de otras naciones] pueden forzar a los Estados Unidos a ejercer un papel de gendarme internacional” (Perrault, 2001, p. 242).

En la misma línea, John O’Sullivan, padre de la doctrina del Destino Manifiesto, dijo en 1845: «El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente, asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno». Con todo ello, el “país de la libertad” invadió México y le quitó la mitad de su territorio. El filibustero William Walker se hizo presidente y dueño de Nicaragua en 1856, pero quiso más: “Cinco o ninguna”, las cinco repúblicas centroamericanas de entonces. En las Antillas la ambición era la misma. En 1901 Th. Roosevelt dejó claro sus planes de anexar Cuba:

Por supuesto que a Cuba se le ha dejado poca o ninguna independencia con la Enmienda Platt y lo único indicado ahora es buscar la anexión. […] No puede hacer ciertos tratados sin nuestro consentimiento, ni pedir prestado más allá de ciertos límites y debe mantener las condiciones sanitarias que se le han preceptuado, por todo lo cual es bien evidente que está en lo absoluto en nuestras manos […] es, una verdadera dependencia de Estados Unidos […] Con el control que sin duda pronto se convertirá en posesión, en breve prácticamente controlaremos el comercio de azúcar en el mundo. La isla se americanizará [¡!] gradualmente y, a su debido tiempo, contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que haya en el mundo…

El año pasado, un destartalado Bill Kristol, ex jefe de gabinete del vicepresidente de EE.UU., reavivó el sueño —óigase bien— de anexar Cuba: «60 años con 50 estados es suficiente. Es la hora de DC, Puerto Rico, Cuba (tan pronto como sea libre), 1 o 2 más…» Queda claro que los países “libres” son los títeres de USA. Si hay quien odia a Fidel Castro solo puede culpar a los EE.UU. por haberlo “creado”. En 1960, Lester Mallory, vicesecretario de Estado asistente para los asuntos interamericanos, resaltó su política contra Cuba socialista: «Hay que ampliar rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica del Cuba (…) reducirle sus recursos financieros y los salarios reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno”.

En 2019, William Brownfield, ex embajador de EE.UU. en Venezuela amenazó al país caribeño: «Si vamos a sancionar a PVDSA tendrá un impacto al pueblo entero, al ciudadano común y corriente de las comunidades de Venezuela”. “Quizás la mejor opción solución sea acelerar el colapso”, un “castigo bastante severo”. El diario Blomberg News de los EE.UU. lo aclaró aún más:

Sanciones estadounidenses contra la industria petrolera, básicamente la única fuente de dinero en efectivo de Venezuela, amenazan con infligir aún más sufrimiento en una nación agobiada por la hiperinflación y el hambre. (…): privarle a Maduro de efectivo para comprar siquiera la poca comida que ha estado repartiendo a los ciudadanos, y luego acudir al rescate con sus propios suministros críticos. (Bloomberg News, EE.UU., 2019)

La política de dejar a un pueblo morirse de hambre no es nueva para los EE.UU. En 1991 Sadam Hussein anexionó el territorio de Kuwait y —como el derecho a anexionar está reservado solo al imperio— USA movió a 33 países de la ONU para bombardear y destruir Irak, el país se hundió en la hambruna, malnutrición y enfermedades a causa del bloqueo y sanciones impuestas. En 1996, cuando le preguntaron al Madeleine Albright, secretaria de Estado de USA, si la muerte de medio millón de niños valió la pena, ella contestó: “Creo que es una elección difícil, pero el precio… Creemos que el precio valió la pena” (Barreda, 43).

La historia resulta más horrenda si recordamos la guerra Irán–Irak (1980–1988). EE.UU. fue aliado del Irak de Hussein, al mismo tiempo, vendió ilegalmente armas a Irán que estaba embargado. Con ese dinero, más dinero del narcotráfico, financiaron a los contras de Nicaragua que luchaban contra los sandinistas. Es el escándalo Irán-Contra, que al día de hoy nadie niega. En la guerra de los países musulmanes murieron un millón y medio de seres humanos.

Los E.U.A. llevan su dominio antidemocrático a las Naciones Unidas, en 1986 el Tribunal Internacional condenó al gobierno norteamericano por “uso ilegal de la fuerza” (terrorismo internacional), EE.UU. vetó la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que exigía respetar la decisión.  

Se calcula que en la guerra de rapiña contra Vietnam murieron 3 millones de indochinos. El imperio actuó con sevicia sin igual: “Bombardear hasta hacerlos regresar a la era de piedra”, orden tristemente célebre del general Curtis Le May. Aquí se hizo también conocido el “heroico sacrificio” del teniente William Calley: “Tuvimos que destruir la aldea para salvarla”, durante la batalla de Bén Tre. Las vidas asiáticas no tienen aquí ningún valor, por eso quemaban cosechas vietnamitas con napalm, por eso destruyeron dos ciudades japonesas con la bomba atómica. «Esta es la cosa más grande de la historia», dijo el presidente Harry Truman tras la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, un cuarto de millón de nipones muertos por dos botones, en dos días.

Un cálculo determina que en menos de un siglo las guerras de rapiña estadounidenses han causado la muerte de 12 350 000 personas en 15 países. Los nostálgicos rusos no son el mejor ejemplo en materia de soberanía nacional, pero mucho menos los son quienes pilotean la campaña anti–rusa de hoy: el imperio yanqui. 

Referencias bibliográficas

Barreda Delgado, A. (2011). Intervenciones del imperialismo norteamericano en los siglos XX y XXI. UNMSM

Chomsky, N. (2006). Failed states. The abuse of power and the assault on democracy. Owl Books

Chomsky, N. (2001). 11 de septiembre. Siete Cuentos

Parrault, G. y otros (2001). El libro negro del capitalismo. Txalparta

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