Reflexión por el día internacional del teatro

Ayrton Armando Trelles Castro

El teatro ha vuelto y recorre como un fantasma la urbe arequipeña. Después de la prolongada cuarentena, uno de los sectores más golpeados por el encierro que provocó la pandemia, ha decidido rendir tributo al día internacional del teatro y para eso, con ayuda de la municipalidad, organizó una semana llena de obras interesantes. El sábado es el último día en que se presentarán los artistas.

Esta semana se inauguró el tributo al teatro con la obra “Mentiras verdaderas”, finalizará, según el programa con “La monja quemada”. A muchos les parecerán un evento más de los tantos que suelen ofrecerse. Pero este tiene un componente significativo, porque muestra el esfuerzo de los que no han desistido a pesar de los años que el sector del arte viene batallando por permanecer. Y ese esfuerzo lo muestran libremente, con toda la pasión que sobre las tablas los artistas y sus directores, logran trasmitir. Las temáticas, como se ve, son variadas. Y ellas engloban algo que otro tipo de eventos no puede dar: el contacto real y en vivo de las emociones.

La obra que inauguró la semana, el musical, denotaba un guion fresco, que en parte buscaba la apoteosis. Lo cual contrasta mucho con la forma como nos acercamos a lo artístico. Decía Walter Benjamín, críticamente, que en nuestro tiempo el arte perdía su aura. El teatro sigue manteniéndola, porque es todo un ritual, donde las partes de la obra involucran que el actor vaya más allá del estado de ánimo que siente, lo cual, a diferencia de las películas (que hoy se consumen a través de las plataformas de streaming, en la mayoría de los casos) no tiene chance de repetir la escena hasta que encaje en la totalidad del acto. De tal manera que quien actúa debe ir más allá de su actuación, y el que observa tiene la experiencia diferente, como si se ubicara en varios planos al mismo tiempo, el de su realidad como espectador, y en los zapatos del personaje, como parte de la sensación que provoca el relato observado.

Lo que se concluye, indudablemente, es que el arte vivo tiene mucho que ofrecer. Cuando vemos películas, las escenas nos llevan de la mano, cuando se va al teatro, la imaginación lleva de la mano a las escenas. Al final de cada obra vista, queda una lección, no necesariamente moralizante, sino el cuestionamiento entorno a todo lo que las personas pueden hacer si subsiste ese elemento que vuelve mágico nuestro mundo, desde la perspectiva humana, que es la imaginación. Uno se pregunta, como alguna vez dijo Gabriel García Márquez cuando leía a Kafka: “¿esto se podía hacer?”

Decía Walter Benjamín, críticamente, que en nuestro tiempo el arte perdía su aura. El teatro sigue manteniéndola, porque es todo un ritual, donde las partes de la obra involucran que el actor vaya más allá del estado de ánimo que siente, lo cual, a diferencia de las películas (que hoy se consumen a través de las plataformas de streaming, en la mayoría de los casos) no tiene chance de repetir la escena hasta que encaje en la totalidad del acto.

Todos sabemos que las humanidades son muchas veces rechazadas, y hasta a veces ninguneadas. Cualquiera puede atreverse a cuestionarlas, sin embargo, cualquiera no hace arte, y menos, en las circunstancias descritas. Ahí es donde se ve de qué elementos morales están hechos los habitantes de la ciudad, cómo se componen sus subjetividades. Y la forma de expresar hacia todos los presentes las expresiones que de ordinario tenemos, es decir, los sentimientos, a través de una forma coherente, acabada, practicada, escenificada, hasta lograr que aquello que es imaginado, sea objetivado, puesto en escena, con el propósito de hacer reír, llorar, pensar o suspirar.

Efectivamente, eso es un ritual. En su obra Entrevista con el vampiro, Ana Rice, lleva al éxtasis cuando nos narra la aventura de Louis al llegar a París y visitar el enigmático lugar conocido como El teatro de los vampiros. Un lugar donde los muertos-vivos, escenificaban lo que hacían, es decir, beber sangre, alimentarse de otra vida, a un público que creía que estaban actuando de forma tan real, que la víctima y los vampiros, parecían en realidad eso. Creo que mejor no pudo describir lo que es vivir una obra, una creación que se crea ahí mismo. De alguna manera en nuestras vidas reproducimos rituales. Pero cuando ese ritual es colectivo, con un propósito, el de la creación in situ y hasta irrepetible, adquiere trascendencia, y esa trascendencia se vuelve motor de sentimientos, y los sentimientos hacen andar a los pensamientos. No por gusto metafóricamente se hace alusión a que la vida es un teatro. Y cuando el pesimismo cunde, a lo Macbeth, la vida parece ser un cuento contado por un idiota. Pero cuando hay optimismo, la vida es el teatro de batalla, la arena de contiendas. El teatro parecía agonizar en la ciudad, pero en el teatro de la vida, sigue floreciendo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.