Politización reaccionaria y despolitización progresista

Armando Trelles Castro

atrellesc@unsa.edu.pe

Introducción

La crisis de los movimientos sociales es una forma de despolitización. Ese vacío espiritual tiene como consecuencia a los protopartidos y movimientos oportunistas, que han desplegado un pragmatismo insospechado al momento de hacerse con el control de las instituciones democráticas. Estas organizaciones, tienen un credo similar: poner las instituciones al servicio del mercado. De esta manera, acentúan la despolitización de grandes sectores, quienes identifican esa forma de pensar con la realidad en sí misma.

La hegemonía de los medios de comunicación preponderantes y acatadores del conjunto de creencias del libre mercado, a su vez, reproducen la idea de que la política es mala per se. Pero, como sostiene Jaime Araujo-Frias (2020), tal cosa no es cierta, porque cuando hablamos de la política como sucia y corrupta, naturalizamos ese carácter en esta herramienta humana. Esos supuestos vicios que le arrogamos, al contrario de lo que creemos, es la expresión de un tipo de concepción del mundo, cuya idea madre es considerar al ser humano como lobo de sí mismo. Por eso, en todo caso, estamos hablando de un tipo de política. La misma que, en nuestro país, ha desmovilizado en vez de movilizar. Y hasta se ha transformado en sentido común: “la política es corrupta, mala y una pérdida de tiempo”, se suele afirmar.

Ahora, ya cuando estamos acercándonos cada vez más a mitad de siglo (no podemos olvidar el inexorable paso del tiempo), producto de enormes sucesos que son difíciles de sintetizar en una reflexión, somos testigos que la despolitización en realidad es una politización disfrazada. Porque las medidas que se toman, lo que se planifica, las ideas que cunden y que son aceptadas como normales, tiene un alto contenido político. Incluso, esto también podría volver problemático algún intento de transformación institucional, para que ponga al servicio de la gente lo que se encuentra al servicio de los intereses de una minoría que tiene el control del poder económico y político. Esa minoría, a nombre de valores democráticos, hace pasar desapercibido el asalto a la democracia, torciéndola para identificarla con la apología de los privilegios existentes en una sociedad plagada de desigualdades.

Política encubridora

Para poder identificar la praxis democrática con la apología de los privilegios de una minoría excluidora, la política de la cual se suele echar mano es, en suma, una política acorde con ideas modernas. Esto no suena mal, pero como nos enseña la filosofía (el pensar que se cuestiona por el pensar), para poder entender lo que sucede es necesario ser conscientes del contenido de los términos que utilizamos en nuestra cotidianeidad.  Cuando se afirma que las ideas modernas no tienen un contenido específico, de plano estamos dando por sentado que son ideas anacrónicas. Pero, la historia de la humanidad nos enseña que las ideas nacen en un contexto determinado. Cuando las ideas nacen es porque se piensan y se desarrollan para poder entender o hasta transformar un tipo determinado de realidad, es decir, tienen un contexto.

Las ideas modernas con las que pretendemos hacer ejercicio de la política, no las escogemos al azar. Han ido propagándose poco a poco. Por esa razón, no hacemos política (ni nos despolitizamos) con cualquier idea moderna, sino que, en muchos casos, estas ideas se perfilan con un fin concreto: mantener el estatus quo. Esto sucede porque en su contenido presuponen una realidad que encubre, como diría Enrique Dussel (1994). La realidad que se encubre es la situación de las víctimas del sistema. Bajo esa forma de proceder la política que no se propone transformar esa realidad, reproduce las condiciones de encubrimiento y expoliación.

El reto y rol del quehacer político es des-encubrir lo que es encubierto. La palabra Aleteia, significa “des-encubrir”. Al momento de señalar el contenido de la política en nuestro país y, en parte, en nuestra América, nos encontramos que ese contenido es encubridor. Para poner un ejemplo, tenemos que remitirnos a las ideas de los independentistas, las cuales estuvieron asociadas a pensadores tales como Locke, Rousseau, Kant, Hegel, etc. Las ideas antropológicas de esos autores son del todo cuestionables, porque consideraban como ser humano al varón-blanco-propietario. Por eso no es casualidad que, durante tantos años de República, la teoría política en vez de ver como opción lo propio, lo ha olvidado, despreciado, en fin, encubierto. Por esa razón, nuestra República mantiene consigo prejuicios. Lo mismo ocurre con el ejercicio del poder, cuyo fundamento no es el crear colectivamente, dentro de todos los matices, una propuesta inclusiva, sino homogeneizadora, porque en nombre de una idea no-consensuada la Nación, se excluyen todas las culturas que no les calce.

El reto y rol del quehacer político es des-encubrir lo que es encubierto. La palabra Aleteia, significa “des-encubrir”. Al momento de señalar el contenido de la política en nuestro país y, en parte, en nuestra América, nos encontramos que ese contenido es encubridor.

La idea que tenemos sobre la peruanidad, sobre todo la vox populi, tampoco ayuda mucho. Esa idea divide al Perú entre los criollos y los cholos. Unos son los malos, los otros los buenos y abusados. En su afán por mostrar la desigualdad, cae en clichés. El principal cliché ha sido nombrado y reduce los problemas del Perú a la batalla entre buenos y malos. Cosa que es posible pero que no agota la problemática. Y quizá ni la logra abordar. Porque lo que se induce de esa forma de pensar es que si nos reconocemos iguales todos avanzaremos. Poner bajo sospecha esa enseñanza nos muestra que el asunto toma otro sentido. ¿Bajo qué condiciones nos reconoceríamos iguales si es plural y muy diversa nuestra cultura? Cuando esa pluralidad es condicionada y reducida a la contradicción: criollos versus cholos, no se la toca, no se la conoce. Por lo tanto, se piensa que la idea de igualdad sin matizarla ni antes haberla clarificado, termina por ser, quizá, una caricatura.

Problemas de la politización reaccionaria

Ante la visión encubridora del mundo, diversos pensadores notan un nuevo fenómeno. Un claro ejemplo nos lo pone Pablo Stefanoni (2021). Él describe el caótico panorama que viven los países anglosajones, cuya reacción a los movimientos emancipatorios y al capitalismo (aunque suene descabellado), pone a la derecha en una postura aparentemente rebelde. Pero esa rebeldía en sí es reaccionaria. Es una especie de contradicción, tan normal como todas aquellas que existen en la vida. Sin embargo, en este caso, es preocupante, pues parafraseándolo, en periodos de crisis no necesariamente se muestra lo mejor de la humanidad. Pueden empeorar la respuesta. El autor retrata un panorama donde las ideas más racistas, más conservadores, no tienen ningún problema en asumirse como consignas modernizantes y progresistas. El objetivo de esa respuesta “rebelde”, es condenar las manifestaciones no occidentales y las progresistas. Por eso no es nada extraño que existan, en esos movimientos: gays fascistas, que en nombre de su libertad sexual pidan frenar las inmigraciones, la justicia social, el acceso al apoyo estatal, etc. Y, en ese reaccionarismo, hay ideas aún más avasallantes. Si esas consignas se pusieran en práctica, verdaderamente darían como resultado un Apocalipsis, si es que ya no lo estamos viviendo. Lo cual nos hace ver el agotamiento de las ideas modernas, porque ha devenido en ideas que, a nombre de reivindicaciones, terminan excluyendo o, como en nuestro caso, son encubridoras.

Podría decirse que vivimos un apocalipsis. La palabra apocalipsis no significa fin-del-mundo. La palabra significa revelación. Tal cual como nos hacía ver el profesor Juan Bautista, cuando sostenía que somos afortunados al momento de ver las hipótesis hacerse certezas. Si es así, estamos viendo que ante nosotros se rebelan todas esas cosas que sonaban tirada de los pelos, como el agotamiento de los recursos renovables, el calentamiento global, las migraciones, guerras y el ascenso del autoritarismo, mezclado con reclamos legítimos, pero no suficientes para no avasallar al prójimo, como lo describe Pablo Stefanoni. Porque los teóricos reaccionarios saben utilizar bien los sentimientos más negativos y convertirlos en ideas funcionales a sus credos. Esas ideas suelen estar pululando en el pueblo, pues, así como existen ideas buenas en él, también hay malas. En el pueblo encontramos aquella contradicción fuertemente acentuada. Vemos, en la actualidad, a homosexuales siendo homofóbicos, a personas racializadas siendo racistas, a personas empobrecidas siendo aporofóbicas y, sobre todo, a los despolitizados siendo los más políticos.

Tales contradicciones no son mera casualidad o episodios tristemente anecdóticos. Sino que son parte de la civilización en la que vivimos. La civilización moderna tiene un espíritu diabólico, la palabra diablo significa división. En su lógica, que emana directamente de las relaciones sociales que se generan en el seno de la civilización, notamos que la contradicción campea. Pero es una contradicción divisoria. Por ejemplo, en nombre de una Nación, se niegan culturas propias, en nombre de la institucionalización democrática, se deja de lado la politización de la fuente del poder, el pueblo. Por eso resulta tremendamente poderoso el mensaje que dice, como nueva propuesta democrática, “el que manda, manda obedeciendo”. Este mensaje nació tanto del proceso boliviano como, previamente, también de los zapatistas.

Conclusión

Necesitamos leer la historia a contra-pelo, como diría Walter Benjamín, pues históricamente, en las grandes revoluciones modernas, existe una tendencia donde se aprecia que aquello que fue por un momento más revolucionario, más emancipatorio, termina volviéndose, posteriormente, un arsenal de ideas donde se divide todo. Donde en nombre de lo que antes fue para el bien, se hace el mal. A esto se conoce como emancipación. Emanciparse significa que, si antes alguien estaba en una situación vulnerable y logra tener una posición más privilegiada, no busca conducir a otras personas vulnerables a su lugar, sino que entiende que su papel, ahora, es el de ser el victimario, así como lo fueron con él anteriormente. Tal situación tiene que ver completamente con la figura del termidor. El terminador, como dirían Franz Hinkelammert y Juan Bautista Segales, es el conjunto de actitudes que a nombre de los ideales por los que se combate, son traicionados, pero, aun así, siguen siendo utilizandos para generar la apariencia que antes tenían.

Referencias bibliográficas

Araujo-Frias, J. (2020). La política es una cosa seria, en Barro Pensativo. Centro de Estudios e investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales. https://barropensativocei.com/2020/11/13/la-politica-es-una-cosa-seria/#more-239

Dussel, E. (1994). 1492: el encubrimiento del otro: hacia el origen del mito de la modernidad. Plural.

Stefanoni, P. (2021). ¿La rebeldía se volvió de derecha? Cómo el atiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuvo sentido común (y por qué la izquierda debería tomarlos en serio). Siglo XXI. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.