Nueva historia de la crisis mundial

Alonso Castillo Flores

acastilloflores87@gmail.com

Vivimos la amenaza de un desastre alimentario. Estamos asistiendo a una crisis global de múltiples aristas, consecuencia de los efectos de la pandemia del Covid, la crisis de la cadena de los suministros, y la crisis energética en los países desarrollados, ambas desde el 2021. A todo ello, se han sumado efectos del cambio climático, la sequía del Este de África. Sequías y olas de frío en Europa, las olas de calor en el Cono Sur y en el Sur Asiático, además de las inundaciones en Australia. El detonante ha sido la invasión rusa de Ucrania. Amplios sectores populares luchan por doquier y la violencia está a la orden del día.

Necesitamos un método para estudiar la complejidad del mundo actual.  A comienzos de este siglo Santiago Castro-Gómez (2000, p. 96) pedía dejar de lado los enfoques binarios: colonizador-colonizado, centro-periferia, Europa-América Latina, desarrollo-subdesarrollo, opresor-oprimido. Aquí nos limitaremos no solo a abusar un poco de esos pares fijos, sino también a simular que los países son como unidades atómicas de análisis. Simplificar para acariciar la complejidad. 

Imperialismo y mundo bipolar

El mapa geopolítico del mundo está dibujando líneas cada vez más claras. La OTAN se ha fortalecido y atraído a países neutrales, como Suecia y Finlandia, y es por lejos la principal fuerza militar del globo. Rusia no ha logrado arruinarse con esta guerra, y más bien ha estrechado lazos con China y otros aliados menores. La China está desplazando a los EE.UU. como primera economía mundial, y ya es socio de más de 140 de los 193 países de la ONU. El mundo multipolar camina hacia una bipolaridad y la hegemonía estadounidense se ve en peligro.

Minqi Li (July 2021) acepta que el gigante asiático tiene relaciones de explotación con economías primario exportadoras del Sur Asiático y el África. Sin embargo —argumenta— la cantidad de plusvalía que extrae del tercer mundo es menor a la que transfiere a las potencias de occidente. China estaría en la “semi-periferia”, y no en el centro imperialista. Aun así, resulta evidente que existe una carrera tecnológica con USA, que la ubica como potencia mundial. De las 14 redes sociales más usadas en el mundo 7 son estadounidenses, 5 chinas y 2 rusas. Con todo, las 4 con más usuarios, Facebook, WhatsApp, YouTube y FB Messenger, son de empresas norteamericanas. 

En lo político y militar, el papel de los EE.UU. más bien resulta nefasto. Si bien los mitos o grandes relatos de “libertad”, “democracia” y “civilización” siguen vivos y han atraído varios ex satélites soviéticos a la OTAN, también es cierto que generan su repudio en otras zonas del mundo. USA prometió que la OTAN no avanzaría al Este “ni una pulgada” pero no lo cumplió. Reclama por la colaboración militar de Rusia con Nicaragua, porque EE.UU. quiso apropiarse del país en el siglo XIX, e intentó destruirlo con los contras en los 80s. Reclama la libertad de Ucrania, pero este mismo año ha conducido a España y Argelia a abandonar al Sahara Occidental en manos del Reino de Marruecos. El Yemen sigue abandonado a merced de la monarquía de Arabia Saudita, el país está destruido, la hambruna azota a los más pobres, y Estados Unidos es cómplice.      

Serbia resulta más importante de lo que se cree. Se mantiene equidistante de EE.UU. y Rusia, y colabora tanto con la OTAN como con la OTSC prorrusa. Su rol resulta similar al de la Yugoslavia de Tito (1945-1980), de la que Serbia fue centro político. Pero las tensiones con sus vecinos exmiembros de la federación traen miedos a una nueva guerra. Recuérdese que en 1914 un nacionalista serbio-bosnio asesinó al archiduque de Austria-Hungría, el reino atacó Serbia, Rusia se alineó a esta y comenzó la Primera Guerra Mundial.  Tras la disolución de Yugoslavia socialista, las guerras de los Balcanes sacudieron Europa —que parecía libre de conflictos armados— por diez años (1991-2001) y la OTAN bombardeó Serbia (1999), de ahí que esta hasta hoy se acerque a Rusia.

La marea rosa latinoamericana

Hay una nueva ola de izquierdas latinoamericanas, una marea rosa, con López Obrador en México (2018), Fernández en Argentina (2019), Arce en Bolivia (2020), Castillo en Perú (2021), Xiomara Castro en Honduras (2022), Boric en Chile (2022), y Petro en Colombia (2022), y se espera que Lula Da Silva vuelva a la presidencia del Brasil a fines de año. A la vez, resulta trascendente que después que USA excluya a Cuba, Venezuela y Nicaragua de la Cumbre de las Américas, México y varias otras repúblicas nuestroamericanas —incluida la Comunidad del Caribe y, para sorpresa de muchos, el Brasil del ultraconservador Jair Bolsonaro— decidieran no participar en protesta. Sin embargo, varias de las mencionadas “izquierdas”, particularmente la del Perú, asistieron dócilmente.   

La influencia del comunismo soviético terminó en 1989, si no antes. Y, aun así, por primera vez en el Perú ganó elecciones presidenciales un partido de izquierda, y uno que se autodenomina leninista y mariateguista. Por vez primera, llegó a Colombia un gobierno izquierdista, y hasta México llamó la atención después de casi 80 años con la derecha en el poder. Durante el siglo XX más bien era lógico que la propia amenaza de la URSS fortaleciera a las derechas locales, los contrarios resultan ser antagónicos y a la vez complementarios, según el pensamiento complejo de Edgar Morin (2003, pp. 23,106, 147).

Ya no es novedad en este siglo ver a la izquierda radical reciclada en movimientos reformistas, insertadas en el aparato burgués representativo. Es el caso de Dilma Rousseff (Brasil), Pepe Mujica (Uruguay), Salvador Sánchez (El Salvador), Daniel Ortega (Nicaragua) y Gustavo Petro (Colombia), todos ellos militantes de organizaciones guerrilleras de los 60s a los 90s. Por supuesto, en el conflicto de Ucrania varios gobiernos izquierdistas han condenado a Rusia (México, Perú, Chile, Argentina), en tanto que no se sumaron Cuba, Nicaragua, Venezuela y, nuevamente, el Brasil de Bolsonaro.

El dólar y la inflación

El día de hoy vivimos en un sistema mundial —usualmente mal traducido como “sistema-mundo”— eminentemente capitalista, sistema que entra en una etapa de inflación sin precedentes por varias décadas. Este mundo que domina la opinión pública con su hegemonía cultural y mediática, ha expandido la idea de que la inflación en un fenómeno característico del socialismo. Nuestras izquierdas latinoamericanas los saben muy bien, Bolivia (1985), Nicaragua (1986-1991), Venezuela (2017-2022), pero también nuestras derechas, Perú (1990), Argentina (1989-1999) y Brasil (1989-1994). Hoy la tasa de inflación de menos del 1% de Bolivia no deja de copar titulares.

Sin embargo, la mayoría de las peores hiperinflaciones registradas en la historia contemporánea están asociadas con las guerras imperialistas (capitalistas), es decir, las guerras mundiales. Tras las sanciones a Alemania durante la primera guerra, esta llega a una hiperinflación espantosa de 29’500%. El nazismo fue la revancha alemana, y con la 2da GM llegaron a su pico inflacionario varias economías, como Grecia (11’288%), China (4’029%) y Hungría (4.19×1016%)[1], el caso más dramático jamás conocido. Así como las economías capitalistas logran recuperarse de la guerra, el socialismo hizo lo propio, hasta que la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS traen una nueva hiperinflación en varios países exmiembros de la unión —una de las más altas fue la de Ucrania (249% en 1991)— y de Europa del Este. Yugoslavia después de su creación llegó al 3.09×106 (1922-1924) y durante su disolución al 5×1015 (1992-1993), es decir, antes y después del socialismo, pero no durante él. Los casos de Zimbabue (7.96×1010, el 2008) y Zaire (3×1011) merecen también un examen, el segundo en la periferia del mundo capitalista, el primero ahogado por los bloqueos.

La inflación es también hija de las sanciones económicas. Venezuela pagó muy caro no solo enfrentarse a los EE.UU. sino en ofrecer una alternativa al ALCA y los TLCs a través del ALBA, que hoy cuenta con diez países miembros. “¡ALCA, Al ca-rajo!”, gritó Chávez, y luego millones de venezolanos se fueron al carajo. Pero las sancionas de los EE.UU. solo a veces han logrado su mayor objetivo, derrocar al gobierno (Libia, Zimbabue, Iraq), pero no en Cuba, Venezuela, Yemen, Corea del Norte, Siria, Irán, Rusia, donde más bien, dan la excusa perfecta a sus mandatarios para sostenerse. Lo que sí logra en todos estos casos son el desabastecimiento de alimentos y medicamentos.

Sea lo que representen estas economías, muchas veces han perseguido sustituir al dólar por otra moneda internacional, a Hussein y a Gadafi les costó la vida. El poder del dólar hace a todo el mundo vulnerable a las crisis del propio imperio, así ocurrió en la gran crisis económica del 2008, que empezó cuando una burbuja inmobiliaria estalló en EE.UU. No solo afecta al mundo entero la guerra de Ucrania por la posición de Rusia como proveedor de comodities (insumos para la industria y la agricultura), sino que la propia inflación de los EE.UU. (8.6% en mayo) contagia a los demás con un efecto en cadena, inflación causada, sobre todo, por el aumento del dinero en circulación y las restricciones de oferta por la pandemia. 

Asistimos a la cuarta revolución industrial, el uso de la inteligencia artificial, los sistemas ciberfísicos, y la robótica. Pero la ciencia, la filosofía, las artes, pese a sus avances y extensiones, no experimentan revolución alguna. La política tampoco. La propia tecnología con su industria del entretenimiento adormece a los espíritus inquietos. El sistema se reestablece en sus propios contrincantes. Las izquierdas no son comunistas. “¡Nosotros vamos a desarrollar el capitalismo!”, ha dicho Petro.

Cultura, tecnología y cibernética

Estos acontecimientos no se traducen en respuestas revolucionarias, claro está. Cuando Mariátegui estudia la Historia de la crisis mundial,nota que el periodo revolucionario iniciado en 1917 estaba acompañado de una revolución en las artes, las ciencias, la filosofía y la cultura en general. Asistimos a la cuarta revolución industrial, el uso de la inteligencia artificial, los sistemas ciberfísicos, y la robótica. Pero la ciencia, la filosofía, las artes, pese a sus avances y extensiones, no experimentan revolución alguna. La política tampoco. La propia tecnología con su industria del entretenimiento adormece a los espíritus inquietos. El sistema se reestablece en sus propios contrincantes. Las izquierdas no son comunistas. “¡Nosotros vamos a desarrollar el capitalismo!”, ha dicho Petro.

El capitalismo con sus crisis, sus desastres financieros, y su enorme crecimiento económico en los centros, se comporta como un sistema cibernético de retroalimentación negativa, actúa frente a una dificultad con una acción que equilibra el sistema: producción-consumo, crisis-crecimiento económico, protestas-elecciones. Pero también genera casos de retroalimentación positiva, con las carreras armamentistas y económicas, aumento de gasto militar en un país–aumento en otro país, tecnología de punta made in USA-tecnología de punta made in China; resulta un círculo vicioso (Barreda, 2017, p. 216-217). Con esto último, el sistema se desestabiliza, la creación de un sistema mundial nuevo no está descartada. Otro mundo no es imposible.

Referencias bibliográficas

Barreda Delgado, A. (2017). Ideas para una nueva filosofía de la historia. Pesando la historia desde América Latina. Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Castro-Gómez, S. (2000). Ciencias sociales, violencia epistémica y el problema de la “invención del otro”. Lander, E. (comp.). La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. CLACSO. 88-98.

Minqi Li (July 2021). China: Imperialism or semi-periphery? Monthley Reiview

Morin, E. (2003). Introducción al pensamiento complejo. Gedisa.


[1] Con tantos ceros, 41 900 000 000 000 000, resulta más cómoda la notación científica con exponente de 10.

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