Un relato mudo que se escucha

Kevin Helpy Montoya Cruces

kevinmontoyacruces@gmail.com

Esta es una historia común, pero poco contada, sucedió hace no muchos años atrás. La madre Socorro quedó embarazada de un sacerdote que visitó El Lago, pueblo pequeño, pero con gran vegetación; como era de esperarse, los pobladores murmuraban y señalaban a la pobre mujer, sin siquiera saber que fue víctima del poder político que representaba dicho hombre de fe.

Llegado el día del alumbramiento, Socorro no pudo observar los seres que brotaban de entre sus entrañas, solo sentía el despliegue de sus caderas y los llantos de nuevas vidas que le arrebataban la de ella. Fue un parto muy doloroso, como si Dios y el demonio, por fin se pusieran de acuerdo. “¡Cuiden de mis hijos!, ellos no tienen culpa de nada”, gritaba la pobre mujer. Ese día hubo un entierro, mucho silencio, miradas indiferentes y pocas lágrimas.

Aquellos bebés, frutos de la deshonra y la hipocresía humana quedaron al servicio del pueblo, criándoseles como se les cría a las moscas. Si llegaron a caminar fue por instinto de sobrevivencia y no de amor.

Juan y Josefa, no tardaron en ser considerados los hermanos malditos para todo el pueblo de El Lago. Existían mujeres y varones que lloraban al verlos buscar un pan en la basura, otros que rezaban incesantemente arrodillados frente a su dios, otros que de vez en cuando les regalaban un hilo de carne pegado a un hueso de pollo y alimentaban su ego documentando el hecho, “¡Pobres niños! ¿Cómo pueden sobrevivir a tanta precariedad?, son unos guerreros”, manifestaban los hombres; pero, nadie, absolutamente nadie, quiso echarse la culpa al pecho y el peso al hombro. “Si se preguntan ¿Hasta dónde puede llegar la indiferencia del ser humano?, déjenme pedirles que levanten la mirada y observen el mundo fuera de sus ventanas”.

Entre sufrimiento, pobreza e indiferencia, los hermanos lograron cumplir los 16 años. Juan ayudaba en el campo a los dueños del pueblo y Josefa con las labores de cocina a las jefas del hogar. De esa manera, lograban obtener un plato de comida para subsistir, además que recibían frazadas o ropa vieja para que puedan abrigarse, pues, aquella capilla abandonada cerca del río en la que vivían no era muy cálida por las noches.

Como si la vida nos les hubiese golpeado lo suficiente, Josefa poseía una belleza insuperable y Juan unos huesos delgados y frágiles. Aquellas características representaban un problema en el mundo en el que les tocó vivir, cada noche los hermanos se consolaban abrazados bajo aquel techo de paja y barro a punto de derrumbarse. Juan tocándose el cuerpo adolorido se quejaba: “hermana algún día Dios nos volteará la mirada y nos ayudará, solo hay que tener fe”. Y Josefa tocándose la parte baja del vientre lloraba y susurraba: “pero ¿Cuándo hermano?, al parecer Dios solo come en la mesa de los patrones”.

Cada mañana era justo pedir el encuentro con el Creador, una que otra grosería lanzada al infinito y luego a pintarse una sonrisa para enfrentar aquello que llamamos vida. Cierto día, una mujer encontró a su hijo abusando de Josefa en su cocina. Es de justos castigar y denunciar dicha acción, pero aquella mujer realmente furiosa abofeteó a Josefa y la arrastró bruscamente tomándola de los cabellos hasta dejarla fuera de su casa, gritándole palabras que, hasta el mismo infierno se quebraría al oírlas. “¡Largo de mi casa! ¡Piojosa!, quieres aprovecharte de mi hijo, no quiero verte jamás ¡Maldita la hora en que naciste! ¡Huérfana mal agradecida!”. Josefa adolorida llorando y sangrando se encamino hacia el río con la intención de suicidarse.

“¡Pobres niños! ¿Cómo pueden sobrevivir a tanta precariedad?, son unos guerreros”, manifestaban los hombres; pero, nadie, absolutamente nadie, quiso echarse la culpa al pecho y el peso al hombro. “Si se preguntan ¿Hasta dónde puede llegar la indiferencia del ser humano?, déjenme pedirles que levanten la mirada y observen el mundo fuera de sus ventanas”.

Un hombre, que siguió a la adolescente desde el origen de lo ocurrido pudo sacarla de las corrientes caóticas, dejándola casi moribunda en la capilla. Juan llegó al atardecer y mirando a su hermana inmóvil y empapada corrió a auxiliarla, “¡Gracias, Dios!”, fue el grito que se escuchó luego de que Josefa abriera los ojos.

Después de que todo el interrogatorio de Juan fuese en vano, amaneció y Josefa se encontraba con una gripe aplastante. El hermano, el buen hermano pudo traer algunas medicinas que robó de la posta médica, pues no le quedó de otra, no tenía dinero y los médicos no se la iban a obsequiar. De cierta manera Josefa mejoró un poco, quedándose profundamente dormida. Juan tuvo que ir al campo a trabajar, era necesaria la comida para poder fortalecer a su hermana.

En el pueblo se contagiaron de comentarios, pobladores hablando de la marraja de Josefa, de la habilidad para conquistar a los hombres y engatusarlos, “¡Se las conoce todas las habidas y por haber! ¿Qué podemos esperar si se crio en la calle?”, claro, se limpiaban la boca, típico apedreamiento a María Magdalena, sin olvidar al ladrón de su hermano. Estos hombres se juntaron cual mosquitos a la sangre y clamaban que se haga justicia, y qué mejor que impartida por sus propias manos.

Ciertos jóvenes de El Lago al escuchar las intenciones de muerte para los hermanos decidieron encaminarse a la capilla, llegando allí, encontraron a Josefa recostada. No dudaron en desatar todo su antojo y poder frente a la enferma muchacha, hasta dejarla al borde de la muerte. “¡Túrnense! Uno por uno muchachos, será nuestra despedida, ya no habrá diversión después de que los vecinos la muelan a palos”, murmuraron. Para ellos solo fue un acto más de muchos.

Los pobladores de El Lago se dirigieron con antorchas al campo, la intención era calcinar a Juan, al darse cuenta de tal acto el joven huyó despavorido hacia la capilla donde se encontraba su hermana. Sin embargo, fuerte fue su sorpresa al encontrarla muerta, desnuda y con un rostro estático de miedo. Juan cayó al suelo que lo vio nacer y con el alma descuartizada gritó “¡Dios! ¿Qué te hicimos? ¿Por qué golpeas a los que necesitamos de ti?” Luego, con precisión y seguridad, cogió la oz que llevaba en su cintura y sin pensar corto su cuello de lado a lado.

Los hombres llegaron, sin ningún respeto a la muerte, golpeaban los cuerpos, escupían y les señalaban advirtiéndoles que por sus actos arderían en el infierno. Luego lanzaron las antorchas a los cuerpos demacrados y a la capilla en decadencia, haciendo así justicia y cometiendo un buen acto destacado para su pueblo.

Al día siguiente las personas llevaban una vida tranquila, las aves volaban libremente cantando, y como todo domingo los hombres se dirigían a la iglesia. El cura dio su sermón de siempre “amaos los unos a los otros”, todos asintieron la cabeza, aceptando la oración, como en toda misa. Las ausencias no se notaron, solo el viento cargó las cenizas y las dispersó por el mundo.

Un comentario en «Un relato mudo que se escucha»

Responder a Estefany Quintanilla Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.