Arequipa, “nosotros” y el mito del volcán

Alonso Castillo Flores

acastillof@unsa.edu.pe

Toda vez que en un pasacalle por el Aniversario de Arequipa se oyen voces racistas que apelan a la Arequipa tradicional, criolla, ccala, mistiana, surge la necesidad de pensar quienes son los “otros” y quienes somos “nos-otros”. Lo ilustraremos con el símbolo más querido por los arequipeños de antaño: el Misti.

La Arequipa criolla tal vez nunca haya comprendido la visión, la cosmovisión altoandina. Miramos el mundo de forma diferente. En el poblador actual, el Misti casi ha desaparecido de su concepción. Pero las generaciones criollas (ccalas) —y quizás también los mestizos rurales (lonccos)— veían el volcán más con un sentido romántico que religioso, más como poetas que como chamanes. Por influencia del nativo, el arequipeño antiguo vio al volcán como como custodio de la ciudad y responsable de su estado de ánimo, su “nevada”. Pero no tenía el concepto andino de apu sagrado. Los arequipeños solían atribuir al Misti su propia arrogancia, dedicándole los mejores adjetivos: Soberbio, altivo, ufano, arrogante, majestuoso, señor del infinito, cardenal, ostentoso del poder de Dios, etc. (Varios, 2010c).

«La experiencia de la personalidad arequipeña no se define diferenciándose del otro, sino asimilándose en él, y al otro en nosotros. No es lo “otro” ni “uno mismo” lo que nos define, sino “nosotros”: “Entonemos, entonemos, entonemos…”, en plural. Usar el nombre de Arequipa (atikipa, ari qhepay, ari qhipa) es usar las lenguas nativas, quechua o aimara; y apelar a “nosotros” no debe ser en sentido exclusivo (ñoqayku, nänaka) sino inclusivo (ñaqanchis, jiwasa), porque Arequipa sufre hace décadas el nuevo mestizaje de descendientes de españoles, quechuas y aimara.»

No se puede culpar al arequipeño de la neurosis que provocaba en él el volcán. El miedo a la lava y al terremoto (que se creía causa del volcán), exige respeto, exige culto. Pero a su vez exige respeto y culto a uno mismo, respeto a la gallardía de quien decide vivir y permanecer al pie del volcán, exige exaltar y embellecer la propia belicosidad frente al fantasma del desastre natural, y los fantasmas de la invasión chilena y las dictaduras centrales. Al lado de este drama, existe una necesidad de la exaltación estética del nevado y su campiña, de una admiración ante el espectáculo de la naturaleza. Me resulta irresistible citar a Flora Tristán (2010, p. 123) cuando mira por primera vez al Misti, al Chachani y al Pichu Pichu:

(…) mis miradas se dirigieron sobre aquellos tres volcanes de Arequipa, unidos en sus bases, que presentan el caos en toda su confusión y alzan hasta las nubes sus tres cimas cubiertas de nieve, las que reflejan los rayos del sol y a veces las llamas de la tierra. Inmensa antorcha de tres ramas encendidas para misteriosas solemnidades, símbolo de una trinidad que rebasa nuestra inteligencia. Estaba yo en éxtasis y no trataba de adivinar los misterios de la creación. Mi alma se unía a Dios en sus arrebatos de amor. Jamás un espectáculo me había emocionado tanto. Ni las olas del vasto océano en su ira espantosa o cuando se agitan resplandecientes con las claridades de las noches de los trópicos, ni la brillante puesta del sol bajo la línea equinoccial, ni la majestad de un cielo centelleante con sus numerosas estrellas, habían producido en mí tan poderosa admiración, como esta sublime manifestación de Dios.

El historiador y político inglés James Bryce comparaba hace un siglo a Arequipa con el África árabe, y tras describir los volcanes con sensibilidad de acuarelista concluye que ninguna ciudad de esa región posee el soberbio paisaje de montañas que tiene Arequipa, comparable sólo al de Suiza. (Varios, 2010a, p. 246)  

Pero Arequipa es hoy metrópolis, cosmopolita y moderna, queda en sus habitantes solo el orgullo de que “No se nace en vano al pie de un volcán”, más como defensa verbal y como cliché que como sentimiento nato. La cultura de entretenimiento y la velocidad de la ciudad casi han sepultado la imagen de antaño. Parece que todos terminarán por ver al Apu meramente como parte del paisaje —si no lo cubren los edificios— sin importancia poética ni mística, porque uno y otro se globalizan y modernizan casi del mismo modo, dejando toda mística y romanticismo naturalista de lado.

Así, el mundo metropolitano nos hace perder sentido tradicional, pero nos hace ganar carácter cosmopolita. El hijo del cusqueño, del puneño, del moqueguano, también ha nacido aquí, “al pie del volcán”, y si no nació aquí, lo harán sus hijos.  Jorge Bedregal ha sido muy sugerente en su artículo, “Arequipa y la presencia del otro”, donde explica cómo el arequipeño buscaba “civilizar” al otro, creyendo que los civilizados somos “Nosotros” (Varios, 2010b, p. 231-232). Hoy ya no se trata de civilizar al otro sino de —cambiemos unas letras— visibilizar al otro, y reconocerse en él.

La experiencia de la personalidad arequipeña no se define diferenciándose del otro, sino asimilándose en él, y al otro en nosotros. No es lo “otro” ni “uno mismo” lo que nos define, sino “nosotros”: “Entonemos, entonemos, entonemos…”, en plural. Usar el nombre de Arequipa (atikipa, ari qhepay, ari qhipa) es usar las lenguas nativas, quechua o aimara; y apelar a “nosotros” no debe ser en sentido exclusivo (ñoqayku, nänaka) sino inclusivo (ñaqanchis, jiwasa), porque Arequipa sufre hace décadas el nuevo mestizaje de descendientes de españoles, quechuas y aimaras.

Los peruanos en Arequipa ahora somos uno para excluir al nuevo otro, el venezolano. El concepto que muchos peruanos tienen sobre los hijos de Bolívar es bipolar: como el migrante de los años sesenta, moral y económicamente “inferior”, pero, como el europeo de todos los tiempos, racial y estéticamente “superior”. Espanta cuando les recuerda al indígena y cautiva en lo que lo distingue de él. Mirando a este nuevo “otro” podemos encontrar nuestro sentido de lo “uno”. Casi todo peruano tiene una misma idea sobre “el” venezolano (como si no fuesen distintos). Con todo, si el arequipeño tradicional no excluyó a los Ricketts, los Paulet, y los Gibson, no tendría por qué excluir a nadie, sino reconocernos en nuestra diversidad, somos iguales en el hecho de que todos somos distintos.

Arequipa es ciertamente el Misti, pero es principalmente sus pobladores, quienes la construyen a diario, quienes la hacen con su praxis laboral, su trabajo, locales o inmigrantes, nacionales o extranjeros. No hay “República independiente” porque nadie es independiente de la red económica donde nos movemos, dependemos del trabajo de otros. Quienes poblamos estas tierras somos aves de paso, el volcán no. Y todo quien las vaya a poblar necesitará —quiera o no— una actitud estética, valorativa, y moral frente al volcán como símbolo del “Nosotros”, porque ninguna modernidad colonizará, invadirá ni explotará al volcán. Ninguna metrópolis puede descubrir su “nosotros” en un grupo étnico o cultural, sino en un símbolo que trascienda las etnias y culturas. Volcanes solo hay en el sur del país, y el nuestro es un cono simétrico “perfecto”, con labios en la cima como peinado al medio. Todos somos iguales frente al Volcán, si el volcán erupciona no distingue color ni apellidos, solo distancias y geografías.  

Tenemos la esperanza que Arequipa llegue un día a ser lo que Guamán Poma de Ayala dijo de la Ciudad Blanca y sus pobladores: “tienen mucha caridad y amor de prójimos”. “Todos se quieren como hermanos, así españoles como indios y negros” (Varios, 2010a, p. 7).

Referencias bibliográficas

Tristán, F. (2010). Peregrinaciones de una paria. Gobierno Regional de Arequipa.

Varios. (2010a). Arequipa y los viajeros. Gobierno Regional de Arequipa.

Varios. (2010b). Meditaciones arequipeñas. Gobierno Regional de Arequipa. Varios. (2010c). Repertorio poético arequipeño. Arequipa: Gobierno Regional de Arequipa.

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