Pensar es luchar

Ayrton Armando Trelles Castro

atrellesc@unsa.edu.pe

¡Atrevámonos a pensar! Más allá del hecho, está el criterio de verdad con el cual nos aproximamos al hecho:  la praxis. Pero no cualquier praxis, sino la que posibilita la vida. La que en sí y para sí misma defiende la vitalidad de quienes ven amenazada su existencia. Esta amenaza es el sometimiento a relaciones de dominio y explotación. En nuestro tiempo, el problema de la globalización es su criterio de exclusión, porque somete las relaciones de los sujetos a la acción instrumental (medio-fin) del mercado, de esta manera, excluye de sí los criterios que se oponen a ese tipo de relación. Por eso, la praxis, entendida como el fin en sí mismo, como una finalidad (telos), es el pensamiento, y para que exista debemos insistir en pensar, cuyo significado, según Aristóteles, se relaciona con la palabra praxis (Marañón-Pimentel, 2017).

El ser humano cambia y sus relaciones lo hacen consigo. Los problemas pueden parecer que se arrastran, aunque la relación de las personas con estos se torna diferente. El ser humano ante su historia nota que en ella los diferentes hechos no sólo son diferentes, sino que necesitan pensarse a la luz de su momento, según lo que toca y, sobre todo, ajustándose a la circunstancia específica que enfrenta. Porque la vida, como diría Unamuno (1930), es una agonía, lo cual significa: lucha.

La agonía de la filosofía es la agonía de la historia. Entonces, la filosofía de la historia inherentemente es una filosofía agónica. Es una filosofía de lucha. Es el pensar que expone las tripas de la sociedad, en cuya interior ve contradicciones. Esa filosofía que a través de la lucha social resalta la existencia de bandos y, en esa antítesis, denuncia que el triunfo de uno de éstos impone un relato dominante; es decir, que existe por sobre otras historias la visión de los que vencieron; una postura semejante es la de una filosofía comprometida.

Para poder salir de la situación donde la historia de unos es negada por otros, es necesario comenzar por negar la negación y, en ese proceso reconocer que los saberes han sido sometidos al epistemicidio. Lo cual significa que se destruyeron esos conocimientos para colocar a uno sólo por sobre el resto. He ahí el problema del cambio esencial. La esencia es aquello que hace que algo sea. Por ejemplo, un libro es tal porque su función lo determina así. La función del conocimiento que aprendemos muchas veces es la de olvidar lo propio para asumir cosas ajenas. Para repetir lo que quieren que pensemos y olvidar lo que fuimos.

El compromiso de la filosofía agónica, en tanto filosofía de la historia, es con la memoria de los vencidos. Un oprimido es un vencido. La situación mencionada abarca a generaciones. Cuando directamente la generación contemporánea es interrogada por su memoria y como respuesta está la incertidumbre, significa que peligran la historia y el recuerdo. “Si Aristóteles está en lo cierto cuando dice que la memoria es la imaginación más el tiempo, de aquí se sigue que las diferentes concepciones del tiempo generan diferentes memorias” (De Sousa, 2022, p. 41). De tal manera que la memoria de la generación cuya incertidumbre lleva a asumir como identidad la de los dominadores, acepta para sí una concepción de tiempo lineal, cuya historicidad jamás considerará otra línea temporal donde su memoria pueda reivindicarse.

No existe elevación del filosofar en tanto su raíz, es decir la identidad histórica, sea confusa o, incluso, la de los vencedores. Aunque dicen que al árbol se conoce por sus frutos, puede ser que el producto del mismo sea agradable y atractivo. La cuestión no es el árbol ni sus frutos, sino sobre qué terreno se alza esa planta. Y si el terreno en el que echó raíces no sólo lo cubre la yerba sino los cadáveres de los que tuvieron que ser muertos para que la planta viva, por más productivo que sea el árbol, tendrá sus raíces anegadas en sangre. Quien coma de ese fruto come del pecado original. El origen es el problema y la filosofía debe virar al origen. El origen de la opresión comienza por la memoria negada de los oprimidos.

Para poder salir de la situación donde la historia de unos es negada por otros, es necesario comenzar por negar la negación y, en ese proceso reconocer que los saberes han sido sometidos al epistemicidio. Lo cual significa que se destruyeron esos conocimientos para colocar a uno sólo por sobre el resto. He ahí el problema del cambio esencial. La esencia es aquello que hace que algo sea. Por ejemplo, un libro es tal porque su función lo determina así. La función del conocimiento que aprendemos muchas veces es la de olvidar lo propio para asumir cosas ajenas. Para repetir lo que quieren que pensemos y olvidar lo que fuimos. La esencia del conocimiento del vencedor es borrar la historia de los sometidos, es decir, negar la existencia de esta. Por eso, Sartre (2009) decía que la existencia es anterior a la esencia. La esencia es algo determinante. Si esto es así, no habría la posibilidad de elegir lo que se pueda ser. Sin embargo, según el filósofo existencialista, esto no es así. Existimos, por lo tanto, quiere decir que fuimos, que somos y seremos algo.

Somos lo que elegimos ser. Esa es la esencia de la filosofía agónica, porque ella nota en sí que la historia se hace para sí.  Suele suceder que la historia se hizo para legitimar el origen de algo, para que el pasado sea “el actual ajuste de cuentas entre fuerzas sociales rivales que luchan por el poder” (De Sousa, 2022, p. 11). Entonces, no sólo somos mera existencia, sino que también hay esencia y ésta es la historia. Es el pasado que nos es negado para negar el futuro, para negar lo que seremos. En primer lugar, porque si se asume la historia de los vencedores ellos no dejarán de vencer, como dirían Benjamín. Y, en segundo lugar, porque sin un pasado no hay derecho al provenir. En suma, el asunto no es luchar por lo venidero, sino luchar en el presente por la memoria de los que lucharon por un mejor futuro.

Referencias bibliográficas

De Sousa, B. (2022). Tesis sobre la descolonización de la historia. (Trad. Lilia Mosconi). CLACSO.

De Unamuno, M. (1930). La agonía del cristianismo. Renacimiento.

Marañón-Pimentel, B. (2017). Una crítica descolonial del trabajo. UNAM.

Sartre, J. P. (2009). El existencialismo es un humanismo. (Trad. Parci de Fernández). Edhasa.

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