10 reflexiones demófilas o del espíritu plebeyo

Armando Trelles-Castro

atrellesc@unsa.edu.pe

1. Cuando la realidad parece impensable y supera en su tránsito a la ficción, se supone que el pensamiento debe iluminar lo que acontece. Y si a pesar del esfuerzo no se puede, probablemente la secuencia de hechos se encuentra más allá del conjunto teórico con el que se aborda la problemática real. De tal manera que los hechos en tanto tales son el criterio de verdad. Nada está más allá de los acontecimientos, ni siquiera la interpretación. Hay hechos e interpretaciones y toda interpretación es un hecho. El asunto está en lo que oculta ese hecho, la relación entre sujetos, porque las personas son las que hacen la historia y recién ahí la historia hace a las personas. El gran sujeto de nuestra época es el pueblo y la reflexión que no tome partido de sus interpretaciones no podrá ser capaz de construir algo nuevo. Lo que pensamos se relaciona con el espíritu plebeyo. Esto quiere decir que parte desde el sujeto histórico que clama por transformar la relación social que impide su realización plena. Y también es parte de esta reivindicación como un acto sentimental (filo) a los actores de esta transformación (demos). En ese sentido, es una reflexión demófila.

2. Lo que estamos viviendo es la consecuencia de todas las luchas populares del siglo XX. En la actual desembocan las anteriores. ¿Por qué tienen este nivel de manifestación? Porque la demanda principal nunca fue atendida: obedecer la voluntad popular. La cual pide un nuevo pacto social. Del anterior jamás fue parte. Se impuso. Por esa razón, a pesar de las virtudes que se le puede reconocer, no estuvo al servicio de las mayorías. Y estas no se sintieron representadas. Porque en el fondo, la oligarquía peruana siempre tuvo la sartén por el mango. Y esa oligarquía determinó, en última instancia, quiénes eran los que deberían representar al pueblo.

3. Como todo acomplejado, la oligarquía peruana ha proyectado su inferioridad de clase dirigente en el dominio y menosprecio a los plebeyos del país. Y su pedagogía dominadora acentuó ese problema, lo dilata y educa al dominado en ese complejo. Por eso el mestizo es un alienado y servicial a la injerencia extranjera y se postra ante su mandato. Obedece y mata si es que se lo piden, incluso, dando la orden en quechua.

4. Y por eso deberán cambiar su espíritu antes de cambiar su forma. Todo entendido sostiene que la institución democrática es débil. Sin embargo, es fuerte cuando defiende el interés económico de la oligarquía nacional y los apetitos de lucro del poder económico internacional. El problema es determinar si la institución tiene la pretensión de ser una República Plebeya y si su economía es inclusiva y con alta movilidad social. De lo contrario. estamos hablando del dominio revestido de democracia. Y cuyos representantes jamás obedecerán a reformas populares.

5. En ese proceso de análisis y debate, es obvio que tomar posición significa ser mal visto. Porque la acomplejada educación de servidumbre ha hecho hábito ser hipócritas. El hipócrita nacional quiere quedar bien con todos. Su oportunismo no le permite ser auténtico. No tiene la valentía para posicionarse y se camufla, esperando la hora de colarse en el bando ganador. Es la lacra de este sistema y el reflejo de su fracaso. El reto es ser auténtico incluso a costa de la propia felicidad. Porque quien realmente quiere a alguien por lo que es, no tendrá problema en conocer de qué está lleno tu corazón.

6. La dialéctica de la insurrección tiene varias aristas. En primer lugar, el problema es la lealtad y la subversión. Es una contradicción, el asunto es la síntesis y no la exclusión. Una lealtad subversiva para nuestra época es respetar las instituciones y denunciar su fetichismo. La idolatría del mercado implica la crítica subversiva a este, no su destrucción. La democracia fetichizada implica denunciar su vaciamiento y no proceder a su destrucción. ¿Por qué Marx nunca llamó a la revuelta cuando estaba exiliado en Inglaterra? El poder despótico lo hubiera aplastado. Tenía que estar en ese mundo sin entregarse a él. Estar en el mundo sin ser del mundo. Como Daniel durante el exilio a Babilonia.

7. Esta república es de todos y de nadie. La sostiene el mito del mestizaje y el criollismo. Ambas ideas son falsas. Lo que han buscado es fomentar la ilusión de inclusión. Pero en realidad es una forma de quitar de en medio siglos de reivindicaciones de los pueblos originarios. Por eso es de todos, porque piensa que se nombra a toda su población bajo el rótulo de mestizo o de criollo. Sin embargo, es de nadie, porque se hunde bajo la dependencia de las potencias hegemónicas y afirma el colonialismo mental. Lo evidencia la práctica que se guía por la idea de imitar, reproducir y enseñar que existe sólo una forma de desarrollarse, la cual, en sí, es una falacia, porque la propuesta nunca llega a ser algo diferente, termina afirmando lo que se describe. Esto quiere decir que la República criollo-mestiza nació para estar al servicio de lo que las potencias de turno digan a costa de su propio pueblo. La transformación de tal situación deviene en pensar la República a través de sus capas plebeyas, que hasta la fecha no son de izquierda ni de derecha. Son populares, porque conocen una idea de poder: que éste emana de sí mismos y sin embargo se encuentra enajenado.

Por ese país luchan, la protesta significa la violencia divina que se opone a la violencia mítica. Por eso el poeta decía: «En verdad, os digo: antes de que cante el gallo, lloraréis mil veces” (Manuel Scorza). Ese canto es la consigna del nuevo pacto social para erigir la República popular.

8. Es del todo falso que se pueda servir a dos señores. La República criollo-mestiza ha mantenido el relato que su historia y tradición son el ornamento del cual sentirse orgullosa. Sin embargo, siempre ha obedecido a la cultura que importa de las potencias hegemónicas, tales como la europea y norteamericana. Tomando, principalmente, la concepción de poder que estas han construido en base a su realidad y problemas. Por eso, siempre vieron a lo propio como algo inacabado en tanto no consiguiera parecerse a lo que se trata de imitar. Como el pueblo peruano en tanto plebeyo y relegado nunca se asemejó a esa imitación, fue y es visto como incivilizado y hasta terrorista por parte de quienes se olvidan que el soberano es él. De lo cual no se desprende las prácticas de todo poder represivo, que comienza por deshumanizar al que se reivindica para poder proceder de forma brutal. Esa respuesta es una constante porque la Republica criollo-mestiza sirve en realidad a un amo, el Estado-Nación moderno cuyo ejercicio del poder no contempló a las mayorías, heterogéneas y soberanas.

9. Existe la siguiente contradicción: la República criollo-mestiza contra el Republicanismo plebeyo. La primera tiene la legalidad, la segunda legitimidad. Ambas son el fruto de dos semillas diferentes, sin embargo, han sido regadas en sangre. A la sombra de una crece la otra. Ante el ejercicio del poder de la primera aparece como justificación de su relato la civilización que intenta construir a imagen y semejanza del Estado-Nación moderno. Al no ajustarse esa idea a la realidad de los pueblos que intenta gobernar, piensa a la República como inconclusa y a su realidad como inviable. Por eso no le queda más recurso que la violencia, la cual, como diría Walter Benjamín, es mítica. Ante su sombra se alza el gran árbol que se ramifica en la diversidad de pueblos y estamentos de la sociedad, cuya historia y reivindicación siempre ha sido pospuesta y relegada, es la República de los plebeyos que es extranjera en su propio territorio, en otras palabras, está exiliada de su propio lugar. El estado de exilio es en realidad lo que se repite en la tradición de los relegados, es decir, añorar la tierra prometida que es en sí su propio país. Por ese país luchan, y la protesta significa la violencia divina que se opone a la violencia mítica. Por eso el poeta decía: «En verdad, os digo: antes de que cante el gallo, lloraréis mil veces” (Manuel Scorza). Ese canto es la consigna del nuevo pacto social para erigir la República popular.

10. El pueblo peruano, más allá de la heterogeneidad que presenta, ha aprendido a luchar. Desde inicios del siglo, todos los gobiernos han visto su radicalidad y entrega al momento de luchar por lo que consideran herencia de su terruño. Incluso, la protección de la tierra, que es sagrada y cuya defensa es el patrimonio cultural por excelencia. Lo que hasta ahora ha sido postergado por este pueblo es la organización metódica en un nuevo bloque histórico y que en potencia lo es. Ese ha sido el gran fracaso histórico de sus gestas. Posiblemente la causa sea que aún sus consignas son un sentimiento, esto quiere decir, que aún su movilización no ha tomado autoconciencia; ni la articulación de sus luchas ha devenido en la revelación de que son herederas de todas aquellas que fueron aniquiladas. Lo cual deja ver que todavía no percibe que cada lucha suya representa todas aquellas que la precedieron. No tiene en su sentipensar la conciencia que en su situación plebeya es la vengadora de todas las generaciones derrotadas. A la magnitud de su sentimiento le corresponde la teorización que acompañe la transformación que quiere generar.

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